04 marzo 2007

Álvaro en Brasil, Fotos Marzo

01 marzo 2007

Álvaro en Brasil

02 febrero 2007

Dolores Aleixandre - La Herencia de las Matriarcas

MUJERES CON ESPÍRITU EN EL TERCER MILENIO

LA HERENCIA DE LAS MATRIARCAS

Dolores Aleixandre RSCJ

Como punto de partida, os propongo un viaje interior que nos traslade a la cueva de Makpelá, la propiedad que compró Abraham por 400 siclos de plata a de Efrón el hitita para enterrar a Sara, su mujer (Gn 23). También están enterradas allí Rebeca y Lía, no Raquel que murió cerca de Efrata, hoy Belén, y yace bajo una estela que señala el lugar de su sepultura ( Gen 35,19). Estamos sentadas a la sombra de las encinas que rodean la cueva y nos disponemos a abrir juntas el legado que nos han dejado aquellas cuatro mujeres que edificaron la casa de Israel. Les dejamos la palabra.

La herencia de Sara

Me alegra reunirme con vosotras en este lugar cargado de memoria e intuyo que lo primero que esperáis heredar de mí es la risa y por supuesto que os la dejo, aunque quiero también explicaros sus ventajas y sus límites.

Cuando me asomé con curiosidad a la entrada de mi tienda en Mambré y escuché que iba a tener un hijo, me eché a reír pensando para mis adentros: «Estando ya gastada ¿voy a sentir placer con un marido tan viejo?” (Gn 18,12). Era mi manera de posicionarme ante la esterilidad que había llenado mi vida de amargura y como la sabía ya sin remedio, me reí con incredulidad y escepticismo. A lo largo de mi vida muchas curanderas me habían recetado bebedizos y pócimas milagrosas asegurándome la fecundidad, pero nada había sido eficaz para remediar mi esterilidad. Conocía ya los límites de mi vejez y de la de Abraham y sabía que todo estaba perdido. Preferí reírme a lamentarme y mi risa procedía de una lucidez despierta y consciente.

Cuando os veo a vosotras, mujeres del tercer milenio, pienso que no os viene mal heredar algo de lucidez de mi risa: estáis atravesando una transición importante, un cambio real de época en medio de tensiones dramáticas y es importante que seáis conscientes de ello. Sois la primera generación de una civilización planetaria pero dividida entre quienes comen y quienes son comidos y esa realidad injusta exige ser asumida como primer dato de verdad. Por eso el primer reto que está ante vosotras es el de quitaros la venda de los ojos y tener la «audacia de saber”.[1]

Para seros sincera, os diré que no me extraña que el desánimo y el escepticismo se apoderen a veces de vosotras. Y más cuando, en medio de ese contexto generalizado de injusticia, la realidad eclesial no contribuye mucho a levantar el ánimo. Hago mío el poema de uno de vuestros teólogos:

Es un sin sentido, dice la razón,

que en la Iglesia sólo varones solteros

puedan ser ordenados.

Los argumentos teológicos cojean de lo lindo.

Es una desgracia, dice el cálculo,

que el movimiento reformador del último Concilio

se esté frenando

y así se dificulte innecesariamente

el caminar de la Iglesia en este tercer milenio.

Es un dolor, dice el miedo,

pues parece que la Iglesia en los países del Norte está perdiendo

su juventud y su futuro.

Es una ilusión, dice el juicio,

que los hombres un día se pronuncien de lleno

por el Sermón de la Montaña

y hagan así que la tierra venga a ser la parábola

del Reino de Dios

Es ridículo, dice el pundonor,

que más de dos mil quinientas Iglesias locales

dejen que una central romana las trate como niñas

y no insistan con más coraje

en el derecho teológicamente fundado

de una variedad en la unidad

y en que a esa unidad y variedad

se les dé una forma estructural

Es una ligereza, dice la precaución,

que hoy en la Iglesia cada una de las Iglesias locales

quiera hacer y deshacer a su antojo;

que tengamos un pluralismo casi desorbitado

de teologías, creencias, éticas

y usos litúrgicos.

¡Qué poco falta para que se rompa la unidad católica!

Es imposible, dice la experiencia,

que las ricas Iglesias de occidente

se conviertan libremente a la pobreza del Evangelio

y movidas por la amistad y la simpatía

para con las Iglesias pobres del Sur

hagan también suyo el estilo de vida

de las Bienaventuranzas[2]

Tengo que decir que el poema no está completo y que va repitiendo una y otra vez: Es lo que es, dice el amor . Y yo me uno también ahora a esa confesión esperanzado aunque reconozco que hubo un tiempo en que vivía refugiada en la convicción de que ante mi esterilidad “nada se podía hacer” y no supe llegar directamente a ese amor. Pero el Santo, bendito sea, me visitó y su pregunta cuestionó mi amarga impotencia y mi resignación ante lo inevitable: ¿Por qué se ha reído Sara?¿Acaso hay algo imposible para Dios?

Esa fue la pregunta inquietante que atravesó mi alma aquella tarde calurosa en el encinar de Mambré. Tuve miedo, no porque me sintiera amenazada, sino porque sabía que aquellas palabras me empujaban fuera de mi incredulidad y de mi desánimo, me sacaban del horizonte estrecho de mis propios límites y me invitaban a adentrarme en una tierra para mí desconocida: la de una fe y una esperanza a las que no estaba acostumbrada.

Cuenta un midrash que Abraham, mi esposo, le dijo al Señor: “He visto escrito en las estrellas que no tendré hijos”. Pero el Señor le dijo: “Sal de tu horóscopo, Abraham, sitúate por encima de los cielos y por encima del sol...” [3]

Sentí que esas palabras también estaban dirigidas a mí: - Sal de la tierra de tu escepticismo y de tu desánimo, Sara, ve más allá de las constataciones de tu lucidez, recuerda que allí donde terminan tus posibilidades, empiezan las de Dios.

Por eso os dejo en herencia esa llamada apremiante a explorar qué significa para vosotras hoy esa afirmación de que "no hay nada imposible para Dios" . ¿No será la convocatoria a vivir una esperan­za absoluta[4]? ¿No será frecuentar los lugares en los que arraiga? García Roca llama a esos lugares "las experiencias humanas de muerte en medio de vida, de abandono en medio de la abundancia, de soledad en medio de la comunicación, de pobreza en medio de la prosperidad, de las penalidades en medio de la buena suerte. Esas situaciones límite que irrumpen en lo cotidiano las que rompen inercias, despiertan todo aquello que está dormido y generan discursos y prácticas esperanzadas. En ellas se nos muestra aquello que necesita ser recreado desde las víctimas, la necesidad imperiosa de confiar en alguien y de esperar algo. El tejido de la esperanza se construye con materiales elaborados desde el sufrimiento de las víctimas y tiene un alcance universal ya que, si ellas han podido y sabido esperar, todos podemos hacerlo. Si la esperanza se nos ha dado para intentar caminar, es a los caminantes y no a los instalados a donde hay que dirigir la mirada para preguntar cómo esperan y cómo desesperan, en quién confían y a quién temen" [5].

Y junto a esa herencia de esperanza, os dejo también el tesoro de un nombre para Dios que Él mismo quiso revelarme, no con palabras, sino a través de la realidad misma de mi vida. Y permitidme que os diga que estoy orgullosa de haber sido la primera teóloga (debería ser vuestra presidenta honorífica y perpetua...) cuando dije al nacer Isaac: Dios me ha hecho reír y los que lo oigan reirán conmigo (Gen 21,6)

Al pensar así de Dios, estaba reconociendo que, finalmente, había sido Él quien había reído el último y con ello estaba poniendo, sin saberlo, los fundamentos para una teología de la esperanza.

Con la debida modestia tengo que añadir que Kart Rahner ha necesitado muchas más palabras, y en alemán, para decir lo mismo:

“Desde el centro del mundo, en el que Él se adentró al morir, construyen las nuevas fuerzas una tierra transfigurada. En lo más profundo, la realidad ya ha sido vencida la banalidad, el pecado y la muerte pero se requiere todavía el pequeño tiempo que llamamos la historia después de Cristo hasta que en todas partes, y no solo en su cuerpo, se deje ver lo que ya ha acontecido realmente. Porque Él no comenzó a salvar, a curar, a transfigurar el mundo en los síntomas de la superficie sino en las raíces más internas, nosotros, gentes de la superficie, pensamos que no ha pasado nada. Porque aún siguen corriendo las aguas del sufrimiento y de la culpa suponemos que aún no ha sido vencido el manantial del que brotan. Porque la maldad sigue trazando arrugas en el rostro de la tierra, deducimos que en el corazón más profundo de la realidad ha muerto el amor. Pero todo es apariencia, aunque la tomemos por la realidad de la vida. Resucitado, está en el esfuerzo anónimo de todas las criaturas que, sin saberlo, se esfuerzan por participar en la glorificación de su cuerpo. Está en cada lágrima y en cada muerte como el júbilo y la vida escondidos que vencen cuando parecen morir. Por eso nosotros, hijos de esta tierra, tenemos que amarla. Aunque sea todavía terrible y nos torture con su penuria y su sometimiento a la muerte” (K. Rahner).

Por ese tipo de esperanza rendida y a la vez activa tendréis que transitar si pretendéis ser mujeres con Espíritu en el tercer milenio.

Un último legado que os confío y que tendréis que administrar con audacia y prudencia por lo infrecuente de su presencia en la teología: el recuerdo de que el verbo sa`aq, además de reír, significa también “danzar” y para invitaros a que os adentréis en esa danza, tomo prestadas las palabras de Rumi, aunque a mí me separan de él dos milenios y a vosotras siete siglos:

¡Oh, ven! Eres el ciprés erguido

en el jardín florecido de la ronda vertiginosa.

¡Oh ven, porque no ha habido nunca

ni habrá nadie como tú!

¡Posees miles de estrellas de Venus

en el torbellino giratorio de los cielos!

¡La ronda celestial canta tus alabanzas y su gratitud

con cientos de lenguas elocuentes!

Trataré de traducir una palabra o dos

del lenguaje secreto de la danza cósmica.

Porque cuando entras en la danza

abandonas ambos mundos,

y más allá de estos dos mundos

está el universo infinito de la ronda vertiginosa.

La excelsa bóveda de la séptima esfera

parece inaccesible,

y, sin embargo, mucho más allá de esta bóveda sublime

se levanta la escala de la ronda vertiginosa.

\

Todo lo que existe, es sólo Él,

y hacia allí se dirigen tus pasos de baile.

El torbellino de la ronda, ya ves, te pertenece,

y tú perteneces al torbellino de la ronda.

¿Qué puedo hacer cuando el Amor aparece

y clava su garra alrededor de mi cuello?

¡La tomo, y la coloco sobre mi pecho,

y la arrastro hacia la danza!

Y cuando el pecho de los átomos

relumbra con el resplandor del sol,

todos entran en la danza, la danza,

y no se quejan de su ronda vertiginosa[6].

Os deseo de todo corazón que seáis mujeres arrastradas por el torbellino de la danza de Dios.

La herencia de Rebeca

Quizá os sorprenda escuchar que la herencia más valiosa que pretendo dejaros es mi familiaridad con el Señor, mi costumbre de acudir a Él también en aquel momento critico de mi vida en que me quedé embarazada y los gemelos que llevaba en mi vientre se agitaban violentamente dentro de mí. En estas condiciones ¿vale la pena vivir?” pensé (Gn 25,22). Y me fui en busca del Dios que empezaba a conocer en el clan de mi esposo Isaac. Aún no sabía mucho de él porque yo venía de adorar a los dioses de Aram Naharayim, pero acudí al que llamaban El Sadday llena de confianza y segura de que iba a prestarme atención y darme una respuesta.

Y mi legado para vosotras es el de frecuentar el trato con el Señor sin perder nunca el contacto con él. Haced de la búsqueda constante de su Rostro y su Palabra vuestra actividad más habitual y cotidiana para que se os va haciendo connatural esa referencia constante y esa afinidad con Él, de tal manera que sean sus criterios y preferencias los que configuren vuestra mentalidad.

No os olvidéis de acudir a consultarle en aquellos momentos de vuestra vida en los que estéis perplejas o desoladas pero estad también dispuestas que sus pensamientos y sus caminos no coincidan con los vuestros. Recuerdo bien lo que me contó Eleazar, el siervo que envió Abraham a buscar esposa para Isaac: mientras yo sacaba agua del pozo para dar de beber a sus camellos, él me contemplaba en silencio, atento a que le Señor le diera un signo de si era yo la mujer elegida (Gen 24,21). Es a esa actitud vital a la que os invito: a vivir despiertas y atentas, contemplando silenciosamente la realidad para encontrar en ella las señales de Dios y acertar con ellas.

Y el "guiño" que recibí del Señor cuando acudí a Él, fue esta palabra escuchada en lo hondo de mi corazón: Dos naciones hay en tu seno, dos pueblos se separan en tus entrañas; uno será más fuerte que el otro y el mayor servirá al menor (Gn 25, 22-23).

Aquella revelación me dejó desconcertada: ¿Qué Dios era aquél que ponía al menor por encima del mayor y al importante por debajo del insignificante? Decidí dar acogida a aquella extraña elección y por eso se me inclinó el corazón hacia Jacob, el que nació el último agarrado al talón de su hermano, mientras que Isaac prefería a Esaú (Gn 25, 22-23. 28). Me di cuenta de que coincidir con El Sadday era más importante que seguir los criterios de mi clan, el mismo de todos los pueblos que nos rodeaban. Por eso tejí la trama que llevó a Jacob a apoderarse de la bendición reservada al primogénito: fue mi manera de coincidir con las preferencias de Dios, aunque era consciente de los peligros que implicaba. Siempre fui una mujer decidida y luchadora a quien no asustaron los conflictos con tal de conseguir lo que quería y que no me dejé encerrar en los estereotipos y "lugares normativos" que pretendían asignarme por ser mujer. Los que a lo largo de la historia han hablado de mí, han ponderado siempre la servicialidad ejemplar con que di de beber a los diez camellos de Eleazar (os hago notar que cada camello puede beber de un solo buche unos 24 litros, así que imaginaos el número de veces que tuve que bajar a la fuente a llenar mi cántaro...). En cambio no suelen resaltar lo arriesgado de mis decisiones: cuando mi hijo Jacob se resistía a presentarse ante Isaac simulando ser Esaú, le dije: Yo cargo con la maldición, hijo mío. Tú obedéceme y haz lo que te digo (Gn 27,13).

Algo de esa capacidad mía de decisión quisiera transmitiros, junto con la valentía de correr riesgos con tal haceros afines con las preferencias de Dios y que se os vayan inclinando el corazón y la vida, cada vez más espontáneamente, a los que tienen todos los poderes en contra y que son la niña de los ojos de Dios.

Os dejo también algo de mi arte de tejer tramas y pequeñas redes por las que puedan acceder a la bendición aquellos que parecen estar excluidos de ella. Vosotras vivís ahora en tiempos de redes (¡las que hubiera creado yo de haber vivido en el tercer milenio!) así que podéis haceros expertas en ese arte y emplear toda vuestra creatividad y energía en crearlas, apoyándoos unas a otras. Y si vuestra atención está dirigida fuera de vosotras mismas, os libraréis de ese ensimismamiento competitivo y aséptico que tanto amenaza a la teología.

Quizá os parezcan acciones insignificantes que, como reconoce Eduardo Galeano, "no acaban con la pobreza, no sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción ni expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable” .

La herencia de Lía

De entre las cuatro matriarcas, soy yo, Lía, la que menos interés y simpatías despierta, como si mi nombre continuara marcado por el desamor de Jacob mi esposo que siempre prefirió a Raquel. Nunca le sentí atraído hacia mí, quizá porque mis ojos eran lánguidos y no chispeantes como los de mi hermana. Pero nunca me dejé vencer ni abatir por no conseguir su amor, sino que luché incansablemente por encontrar una salida que no me encerrara en la amargura ni el desánimo y debió ser por mi negativa a hundirme en el fracaso o porque, como afirma Martin Buber, “éxito no es ninguno de los nombres de Dios”. Sea por lo que sea, la realidad es que Él me hizo fecunda y ese fue mi gran triunfo: di a luz seis hijos y una hija y otros dos nacieron de mi esclava Zilpá.

No os echéis a temblar pensando que voy a dejaros como herencia el engendrar una prole numerosa: me inclino a pensar que no estáis especialmente interesadas en ello, algunas por su opción celibataria y otras por causas que no soy quién para juzgar... Lo que quiero entregaros como un legado precioso es la sabiduría de gestionar el fracaso y el éxito, esas realidades humanas que revelan lo mejor y lo peor de cada hombre o mujer. Frente a las voces que vinculan éxito con riqueza, eficacia, honor y poder, y fracaso con lo contrario, lo que yo os propongo es un camino alternativo: el que relaciona vida lograda con agradecimiento y con amor recibido y entregado, llamando sólo fracaso a la soledad y al egoísmo, y no a la falta de resultados obtenidos.

No conseguí el amor preferencial de Jacob pero el desamor no me derrotó y mi manera de lograr la victoria fue dejar que el Señor me otorgara la fecundidad y que mi éxito no me llevara a apropiarme del don recibido, sino que se convirtiera en agradecimiento y alabanza dirigidos a Aquel que es la fuente de toda bendición. En cada uno de mis hijos reconocí un regalo especial de Dios y quise que en sus nombres apareciera esa referencia que nos vinculaba a mí y a ellos con el Señor: con Rubén confesé: Dios ha escuchado mi aflicción; con Simeón proclamé: “Me ha oído el Señor"; en el nombre de Judá estaba la marca de mi acción de gracias y en el de Dan la de la justicia de Dios; a Zabulón lo llamé así para que todos supieran el regalo que me había hecho Dios y con Isacar reconocí que Él me recompensaba con creces (Gen 29, 6.20.23.32) . Tenéis derecho a preguntarme por qué no me alegré tanto con el nacimiento de Dina, mi única hija: por aquel entonces yo no sabía nada de teología feminista; de otro modo me hubiera comportado de haber leído vuestras obras o escuchado vuestras conferencias...

De todas maneras me reafirmo en mi decisión de desearos de todo corazón la resistencia ante los fracasos y que, cuando consigáis logros y triunfos, no los retengáis con avidez buscando haceros un nombre, sino que lo mismo que Myriam, o Débora o Judit, todo eso se convierta en canción y un himno a la gloriosa generosidad de nuestro Dios.

La herencia de Raquel

Mi nombre en hebreo significa "cordera" pero mi vida no ha sido nunca reflejo de la mansedumbre y la inocencia que mi nombre parece evocar. Siempre fui rebelde e insatisfecha y ni siquiera el amor incondicional que me demostró Jacob me bastó para acallar y sosegar mis deseos.

La esterilidad me confinaba en la muerte y en la desolación y me sellaba con el signo del castigo de Dios (cf.Gen 20,18), imposibilitándome para ser digna compañera de mi marido. Por eso le exigí un día con angustia: “¡Dame hijos o me muero!”, pero sólo obtuve una respuesta irritada remitiéndome a quien es el origen de toda fecundidad: “¿Hago yo las veces de Dios para negarte el fruto del vientre?” (Gen 30,1-2).

Cuando por fin me quedé embarazada y parí el hijo que me liberó de mi vergüenza, lo llamé José que significa: “que el Señor me añada (otro hijo)”. Así que el pequeño José creció con la conciencia de ser un portador de esperanza y a la vez con la sensación de estar incompleto, de “no ser bastante” . No todo era negativo en mi insatisfacción: expresaba también mi negativa existencial a conformarme, a instalarme, a dejar de desear algo más. Mi mayor empeño fue el de generar vida a costa de lo que fuera y eso me mantuvo siempre expectante y en marcha, desvelada y al acecho, domiciliada en lo penúltimo. Es esta la insatisfacción que os dejo en herencia, el deseo continuo, insaciable e incontenible que impide dejar de buscar, de preguntar, de querer ir siempre más allá, sin contentarse nunca con lo ya sabido, aprendido o conseguido.

Y para que no me encerréis solamente en la insatisfacción, recordad aquella escena de mi travesura robando los idolillos a Labán, mi padre. Ibamos de huida y necesitaba decirle sin palabras cuánto despreciaba aquellas figurillas a las que él atribuía poderes mágicos y que eran para mí, que ya conocía al verdadero Dios, símbolos de abominación, dioses que tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen... Así que se los quité y como sabía que él vendría a buscarlos a mi tienda, los coloqué sobre la montura de mi camello y me senté encima. –No se enfade mi señor si no puedo levantarme; es que me ha venido la cosa de las mujeres(Gen 31,32). Aún me río al recordarlo y me alegro de haber encontrado a través del humor un modo de mostrar mi desprecio a todo lo que pretenda rivalizar con el Dios vivo. Os hago entrega, por tanto, de un humor que os ayude a restablecer las auténticas dimensiones de lo humano y de sus problemas y a conceder a cada cosa la importancia que se merece. Servíos del humor para llevar vuestra razón un poco más allá de lo razonable y para percibir lo débil y poco nítida que es la línea convencional que separa el discurso serio del que no lo es.

El humor es un hermano menor de la fe y lambos ofrecen siempre un modo alternativo de reaccionar ante las incongruencias de la existencia: el humor se ocupa de las incongruencias inmediatas de la vida y la fe de las incongruencias últimas, pero ambos son expresiones de la libertad del espíritu humano, de la capacidad para tomar distancia de la vida y de uno mismo y de afirmar de manera rotunda que la existencia tiene sentido.

Dejad que la fe y el humor os lleven de la mano a la tierra de lo inimaginado y lo increíble, que os adentren en un mundo regido por una leyes distintas, libres de todos los pesos que os abruman, con el atrevimiento de afirmar gozosamente la vida[7].

Aún pongo en vuestras manos otro legado más que es mi compasión, porque es ella la que me ha hecho permanecer viva en la memoria de mi pueblo desde que Jeremías profetizó:

En Ramá se escuchan gemidos, llanto amargo:

es Raquel que llora inconsolable por sus hijos,

porque no viven.

Por eso, así dice el Señor:

Reprime tu voz del lloro y tus ojos del llanto,

porque hay paga para tu trabajo

- oráculo del Señor-,

volverán los hijos a su territorio. (Jer 31,15-17)

Para los sabios de Israel, desde mi sepultura en el camino de Belén, lloro aún a mis hijos que van camino del exilio y nuestros sabios afirman que, cuando llegue Aquel cuyo nombre es Menahem, Consolador, lo primero que hará será visitar mi tumba porque yo nunca aceptaría consolación más que del Mesías mismo. Y cuando reciba sus consuelos, me levantaré y le abrazaré y la luz inundará entonces el mundo, empezando por Jericó. [8]

¿Estáis dispuestas a haceros cargo de esta herencia de mi compasión? No tengáis miedo, lo vuestro no es conquistarla sino recibirla, ni la conseguiréis a base de esfuerzos: es Dios mismo quien puede alcanzaros con su compasión. Si confiáis en vuestros propios recursos limitados, el sufrimiento os asustará e intentaréis evitar las situaciones dolorosas. Pero si consentís en ser partícipes de la compasión del Mesías, podréis descender con él hasta los infiernos del mundo y uniros a su tarea de consolar.

Sed mujeres compasivas y apasionadas, porque un corazón sin pasión renuncia a sufrir y a vivir en plenitud. Como ha dicho recientemente una de vosotras, tomad la decisión consciente de prestar atención a la realidad, de deteneros ante las personas y las situaciones para atenderlas con esmero, pero también para dejaros captar y afectar por ellas, más aún, para dejaros transformar.

Y recordad que la mirada compasiva es una “compasión simétrica”, porque la relación de amor y de interés efectivo ha de darse entre iguales y eso genera un movimiento de ida y vuelta, de dar y recibir.[9]

Os invito a pasear la compasión por vuestros ojos (qué leéis, a qué fuentes de información acudís, en qué tipo de personas os fijáis, qué lecturas preferís...); por vuestros oídos (qué voces, opiniones y juicios tienen más influencia en vosotras, de qué medio social proceden, desde qué experiencia hablan...); vuestros pies (qué lugares frecuentan, a quiénes visitan, dónde se detienen, de dónde escapan...); vuestras manos (para quiénes trabajan, a quiénes sirven, con qué situaciones contactan...); vuestro corazón (hacia quiénes se inclina, por quiénes se conmueve, por qué causas se apasiona...)Y, al acabar el recorrido, reconoced esos rostros y esos lugares como privilegiados para entrar en comunión con el Compasivo y "tener parte con Él" (Cf.Jn 13,8).

Pero fue al final de mi vida cuando supe hasta dónde iba a tener que llegar en esa comunión: mientras íbamos de camino, sentí los dolores del parto de mi segundo hijo e intuí oscuramente que mi propia vida estaba amenazada y que iba a hacerse realidad aquella súplica desgarrada que había hecho a Jacob: ¡Dame hijos o me muero! . Y al presentir que iba a morir a causa de aquella fecundidad que había deseado tanto, sentí que estaba entrando en la nube de un profundo misterio: era precisamente a través de mi muerte por donde iba a abrirse camino la vida de otro, e iba a ser mi desapropiación la que haría posible su alumbramiento. Por eso le llamé Ben Oní, "hijo de mi aflicción", para expresar mi consentimiento a que su existencia pasara por delante de mi dolor. Jacob no supo entenderlo y se apresuró a llamarle Ben Yamin, "hijo de mi diestra, es decir, de mi fortuna". Quizá estábamos diciendo lo mismo y los dos anticipábamos esa Pascua que sólo se haría luminosa en la persona del Mesías (Gen 35,16-20)[10].

Aquí tenéis, por tanto, la herencia de cuatro mujeres que os precedimos: ponemos en vuestras manos la risa, la esperanza, la danza, la afinidad con Dios, la decisión, el arte de tejer tramas, la sabiduría de encajar fracasos y éxitos, la insatisfacción, el humor y la compasión.

Es una hermosa Torah femenina, promulgada no desde la altura del Sinaí, sino desde las entrañas de la tierra de esta cueva de Makpelá y de la tumba de Raquel en Efratá, por donde nuestros hijos y los vuestros siguen pasando condenados al destierro.

Os invitamos a echar a andar por los caminos del tercer milenio llevadas por las dos alas de esa Torah que es la riqueza de vuestra herencia.

Que os acompañe el ánimo que comunica el Espíritu del Viviente y que os sirvan de guía nuestras propias huellas.

Las huellas de cuatro mujeres que recorrimos esos caminos antes que vosotras.



[1] Jose Luis Segovia, “Justicia y exclusión social: Perspectiva desde las víctimas” Nómadas 5: Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas

[2] Medard Kehl SJ, ¿Adónde va la Iglesia? Un diagnóstico de nuestro tiempo. Sal Terrae, Santander 1997, p.17

[3] Josy Eisenberg, Benno Gross, “Un Messie nommé Joseph, Paris 1983, 88

[4] Miguel García Baró recuerda un mito judío que los sabios de Israel llaman héster panim, el oscurecimiento del Rostro de bendición; pero este eclipse de la luz tiene un significado providencial: es la manera en que conviene a la histo­ria ahora que Dios la visite, y lo esencial es no desatender la visitación divina en el momento casi secreto, sutilísimo en el que se produce. La reacción creyente sólo puede ser de máxima atención a lo que sucede, de máxima sinceridad respecto de las señales históricas, porque esto es sólo una parte irrenunciable de la fi­delidad a Dios mismo. No tomar en vano ahora mismo el nombre de Dios signi­fica explorar lo que significa la esperanza absoluta. En situaciones en las que la esperanza parece haber huido, lo normal es que la lucidez desemboque en falta de espe­ranza y para eso no hay otro camino que la que ha habido y ha­brá siempre: reconocer profundamente en qué grado se es hijo del propio tiempo y establecer, como en el otro extremo del arco de la existencia, la autenticidad de lo que significa una vida ante Dios, para permanecer en adelante en el trabajo de esa tensión.(“El silencio sobre Dios en la cultura actual”: Corintios XIII nº 116, Octubre-Diciembre 2005 pp 113-132)

[5] Cf. J.García Roca-Aranival Said Rovira, Paisaje después de la catástrofe. Códigos de la esperanza, Santander 2004, p.54

[6] Mawlana Rumi. Citado por Luce López Baralt-Lorenzo Piera, El sol a medianoche. La experiencia mística: tradición y actualidad, Madrid 1996, 225-226

[7] Cf. R. Niebuhr, Discerning the Signs of the Times, NY Scribner 1946, III y ss. Citado por P.Berger, Risa redentora,. La dimensión cómica de la experiencia humana, Barcelona 1999; Cf. H. Rahner, El hombre lúdico, Valencia 2002

[8]Zohar, Trad C.Mopsik, Lagrasse, Verdier 1981, p.127

[9] Elisa Estévez, "La mirada compasiva como elemento de cohesión social. Un punto de vista teológico" ?????

[10] Cf.Bruna Costacurta, La vita minacciata. Il tema de la paura nella Bibbia Ebraica, Roma 1988 pp. 162-167

11 enero 2007

Una reflexión teológica sobre el cambio histórico de Bolivia

Víctor Codina sj

Una situación de cambio

Quizás para algunos la situación actual de Bolivia es la de un simple cambio de gobierno, el paso de partidos tradicionales a un partido popular. En realidad el cambio es mucho más profundo, un cambio histórico que implica un nuevo modelo económico, político, cultural y también religioso. A esto se orienta la Asamblea Constituyente.

Se quiere pasar del modelo neoliberal que ha marginado y ha mantenido en la pobreza a la mayoría del pueblo, a un patrón económico social y equitativo, que privilegie a los sectores marginados. De un modelo político centralista, homogeneador y poco participativo se quiere pasar a un modelo de Estado más representativo, descentralizado y más cercano al pueblo. De un predominio casi exclusivo y excluyente de la cultura occidental y católica, se quiere ir a una sociedad que realmente respete la pluralidad de etnias, culturas y religiones.

Economistas, sociólogos, politólogos y antropólogos estudian y analizan esta nueva situación que califican de cambio estructural, refundación de Bolivia, renacer de un país nuevo.

Una palabra teológica sobre el momento actual

También la teología puede y debe decir una palabra ante esta situación. Para ello no basta acudir a los caminos tradicionales, sino que hay que acudir a una nueva metodología teológica. Hay que partir de los datos y hechos históricos que estamos viviendo, como hizo La constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes en el Vaticano II, para interpretarlos luego a la luz del evangelio.

Formulado con la misma teología de La constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, hay que auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu, las múltiples voces de nuestro tiempo, lo cual es tarea de todo el pueblo de Dios, pero especialmente de los pastores y teólogos (GS 4.9 44). El fundamente último de esta actitud de escucha y discernimiento para conocer la presencia y los planes de Dios en la historia es la fe en que el Espíritu del Señor guía no sólo al pueblo de Dios sino que llena el universo para realizar su designio de salvación (GS 11.

Las dos manos del Padre

Para reconocer que detrás de los acontecimientos históricos, de las exigencias y deseos profundamente humanos del pueblo hay una presencia misteriosa del Espíritu, necesitamos acudir a la teología del Espíritu y repensarla desde hoy.

El Espíritu, muy presente en toda la Escritura, era tenido muy en cuenta en la Iglesia primitiva. El gran Santo Padre de la Iglesia Ireneo de Lyon (muerto en el 202) dice claramente que el Padre tiene dos manos, la del Hijo y la del Espíritu para vivificar y conformar al ser humano a imagen de Dios (Adv Haer IV, 38, 3; V, 1, 3; 6,1; 28,4) y realizar sus planes de salvación en el mundo.

Pero esta visión del Espíritu como segunda mano del Padre va desapareciendo en el segundo milenio de la conciencia y de la reflexión teológica de la Iglesia latina. La segunda mano del Padre ha quedado en gran parte oculta y olvidada. Pareciera como si sólo la jerarquía de la Iglesia poseyera la presencia especial del Espíritu en el magisterio, los sacramentos y el gobierno. Esto conduce a la jerarquía de Iglesia a una postura de autoseguridad y de cerrazón a lo que sucede fuera de ella.

Han sido el monacato y luego la mística medieval y de comienzo de la edad moderna quienes han reivindicado una presencia del Espíritu en otros sectores de la Iglesia no institucional, aunque para ellos esta presencia se ha concentrado sobre todo el corazón. El Espíritu es visto desde la experiencia interior. También los himnos medievales (Veni Sancte Spiritus…) acentúan exclusivamente la presencia interior del Espíritu : dulce huésped del alma... Todo se centra en los siete dones del Espíritu, en la línea sapiencial de Is 11,1-2. Pero el Espíritu no se reduce a lo individual y personal.

En torno al Vaticano II se comienza a recuperar la dimensión eclesial del Espíritu, que guía a toda la Iglesia a la plenitud de la verdad (Jn 16,13), la unifica en la comunión y en el ministerio, la instruye con dones jerárquicos y carismáticos, la embellece con sus frutos, la hace rejuvenecer, la renueva constantemente, la conduce a la unión consumada con su Esposo (Apoc 22,17) (Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, 4). Es lo que simbólicamente se expresa y celebra en el misterio de Pentecostés (Hch 2).

Pero tampoco el Espíritu puede encerrarse en la Iglesia. Por esto el Vaticano II nos invita a abrirnos a los signos de los tiempos en la historia.

El Espíritu actúa en la historia

La escritura nos ofrece abundantes elementos para reflexionar sobre la acción del Espíritu en la historia y el cosmos. Desde el comienzo de la creación el Espíritu se cernía sobre las aguas (Gn 1,2), el soplo del Señor llena el mundo (Sab 1,7), está en todas las cosas (Sab 12 1), se extiende a todo viviente y renueva la faz de la tierra (Sal 104,28-30; Job 34,14-15; Ecl 12, 7), es un soplo creador (Sal 37,6; 104,30).

El Espíritu en los profetas tampoco se limita a la dimensión interior sino que busca la realización del derecho y la justicia para con los pobres. Precisamente los reyes reciben la unción del Espíritu para que practiquen el derecho y la justicia con los pobres (Sal 72,1; 2 Sam 8,15; Jer 22,15s; Is 11, 3-9…).

Es decir, el Espíritu no se circunscribe a la Iglesia sino que se derrama sobre toda carne, es el Espíritu de vida que lo vivifica todo, es el Espíritu creador (el “Creator Spiritus” de algunos himnos) que llena el mundo (Sab 1, 7), está presente en las culturas, en las religiones, en las aspiraciones de los pueblos a una mayor justicia, solidaridad, igualdad, equidad, libertad, en una palabra, a una vida digna. Este es el fundamento teológico de la doctrina del Vaticano II sobre los signos de los tiempos.



Necesidad de discernimiento

Ahora bien, volviendo a la imagen de Ireneo de las dos manos del Padre, la misión del Hijo y la del Espíritu tienen formas diversas de actuar. La misión del Hijo fue encarnatoria y se hizo geografía e historia en el cuerpo visible en Jesús de Nazaret, en quien no había pecado. En cambio la misión del Espíritu es invisible, anónima, imperceptible, no se encarna en ninguna persona concreta, sino que inspira desde dentro y mueve a personas, grupos, movimientos y pueblos.

Esto significa que esta presencia del Espíritu está mezclada con las limitaciones, imperfecciones, errores y pecados de las personas, de los grupos y movimientos humanos. Será necesario el discernimiento, para que lo negativo no nos haga rechazar al Espíritu que está latente, ni el descubrir la presencia del Espíritu nos cierre a la visión de lo negativo que está allí entremezclado.

Por esto el Vaticano II al hablar de los signos de los tiempos en Gaudium et Spes indica que es necesario discernirlos. El tema del discernimiento de espíritus, propio de la tradición bíblica (Mt 16, 3; 1 Jn 4; 1 Cor 12) y de la tradición espiritual ( monacato, místicos..) recobra hoy actualidad, pero aplicado no sólo las mociones internas sino también a los signos de los tiempos.

Dificultades de la Iglesia para discernir los signos de los tiempos

La Iglesia primitiva supo discernir la acción del Espíritu cuando decidió a través de Pedro y sobre todo de Pablo abrirse a los gentiles, sin imponerles las tradiciones judías (Hch 15). Pero con el tiempo fue perdiendo esta capacidad de apertura y de discreción del Espíritu en la historia.

Se ha dado en la Iglesia una falta de discreción en no condenar hechos y corrientes que hoy nos parecen antievangélicas: la esclavitud, la marginación de la mujer, las cruzadas, la inquisición, las guerras de religión, el antisemitismo. De esto Juan Pablo II pidió perdón al comienzo del tercer milenio.

Pero junto a esto, en el segundo milenio la Iglesia ha tenido una notable ceguera para ver la presencia del Espíritu en muchos movimientos históricos que exigían cambios, e incluso los ha condenado: la modernidad y la ilustración, (Galileo..), la reforma, la revolución francesa, la independencia de América Latina, la tendencia a separar Iglesia y Estado y la libertad religiosa (Syllabus), la supresión de los Estados pontificios con ocasión de la unificación de Italia, la nouvelle théologie y sus teólogos más representativos antes del Vaticano II, el diálogo con el marxismo y los sacerdotes obreros, los métodos históricos críticos para interpretar la escritura, el ecumenismo y el diálogo con las religiones... En nuestros días ha habido y hay posturas muy temerosas y cerradas frente a la teología de la liberación, la teología india, el feminismo, los avances de la ciencia y de la biología, los nuevos problemas en torno a la sexualidad.…

La apertura de Juan XXIII y del Vaticano II a los signos de los tiempos y al diálogo con el mundo actual, se debe proseguir hoy.



Criterios para discernir los signos de los tiempos

El problema estriba en cómo discernir el Espíritu del Señor de otros espíritus malignos. Para ello hemos de ver si lo que acontece en la historia está en sintonía con los datos evangélicos de la tradición de la Iglesia, en concreto con la acción y estilo de vida de Jesús de Nazaret. En Jesús se disciernen los espíritus.

Este recurso a Jesús nos debe llevar a aprender a discernir como él, a seguir sus opciones. En las tentaciones y en toda su vida Jesús rechazó el poder, el prestigio, el dominio, la riqueza, y optó por el servicio humilde, la solidaridad con los pobres, la misericordia con los pecadores, la liberación de los oprimidos, la compasión ante el sufrimiento humano. El Espíritu el que guió a Jesús a través del desierto (Lc 4, 1-2) es el mismo Espíritu que le ungió para traer buenas noticias a los pobres, anunciar a los cautivos su libertad, la vista a los ciegos, la liberación a los oprimidos (Lc 4, 14-21, citando a Is 61).

Para conocer la presencia del Espíritu hay que ver si sus frutos son evangélicos. La tradición espiritual del monacato y de los espirituales medievales insistía en que los signos del buen espíritu son la paz y la alegría interior, mientras que los del mal espíritu son la tristeza y la turbación. Estos criterios del corazón se han de ampliar a la historia.

Isaías no sólo habla de los dones interiores del Espíritu (sabiduría, inteligencia, prudencia, valentía, conocimiento y temor de Dios..) sino también de hacer justicia a los débiles, practicar el derecho y la justicia, realizar una paz y reconciliación incluso cósmica en la naturaleza, entre el lobo y el cordero, el niño y la víbora..(Is 11, 1-9)..

En Gálatas, Pablo nos ofrece una lista de los frutos del Espíritu y los frutos de la carne, que no sólo son interiores o personales. Todo aquello que lleve no sólo a la persona, sino al pueblo al libertinaje sexual, a la idolatría, al odio, a la violencia, a la ambición, a la división, al sectarismo, a la desavenencia, a la envidia, es del mal espíritu, es de la carne (Gal 5, 19-20). En cambio lo que lleve a la persona y al pueblo a la caridad, alegría, paz, bondad, paciencia, comprensión de los demás, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo, es fruto del Espíritu (Gal 5, 22).

En Romanos, Pablo lo resume gráficamente afirmando que los que se guían por la carne (es decir por el mal espíritu) van a la muerte, en cambio el Espíritu conduce a la vida (Rm 8, 12-13). Es decir todo aquello que lleve a la muerte, es del mal espíritu, todo aquello que lleve a una vida más digna y plena es del Espíritu del Señor.

En un contexto como el actual de América Latina y en concreto de Bolivia, marcado por la pobreza y la exclusión, una señal clara del Espíritu es la práctica del derecho y la justicia con los pobres. Es lo que Puebla formuló como la opción preferencial por los pobres.

Condiciones subjetivas para el discernimiento

Pero la tradición espiritual del discernimiento nos ofrece también una serie de elementos personales que pueden ser muy útiles para el discernimiento de los signos de los tiempos. Sin ellos el discernimiento quedará viciado de raíz..

Hay que tener los mismos sentimientos de Jesús (Flp 2, 1-11), lo cual supone cortar con los criterios mundanos (Rm 12, 2). Hay que poseer una actitud sincera para aceptar la novedad del Espíritu, que supone cambios personales y sociales, a los cuales muchas veces nos resistimos. Tanto la espiritualidad tradicional como los modernos maestros de la sospecha nos hablan de los mecanismos de defensa ante los cambios. Nos atrincheramos en nuestras posturas tradicionales con una serie de engaños bajo apariencia de bien, pero que en el fondo nacen de intereses personales que se resisten al cambio. Todo lo que la tradición espiritual dice acerca la necesidad de libertad interior, de indiferencia, de la falsa consolación, de las ilusiones y engaños del maligno, puede ser aplicado al discernimiento de los signos de los tiempos. La resistencia que a lo largo de la historia la Iglesia ha tenido en captar los signos de los tiempos ¿no vendrá de esta falta de transparencia interior, del miedo al cambio, del deseo de mantener intereses y privilegios?

Discernir la situación actual de Bolivia

Después de este largo pero necesario recorrido, aterricemos ya a la situación actual de Bolivia y a su proceso de cambio histórico.

Buscar una sociedad más justa e igualitaria, más participativa, menos excluyente, más respetuosa de las diversas culturas y religiones, donde haya tierra para los campesinos, donde disminuyan las diferencias abusivas de los sueldos, donde se luche contra la corrupción, se respete la tierra, donde haya trabajo, salud, pan, educación y techo para todos y nadie tenga que emigrar al extranjero, donde las mayorías indígenas y campesinas, secularmente excluidas, sean reconocidas y participen en los destinos del país, donde los recursos naturales sean explotados de tal modo que no dejen en la miseria a los pobladores del país, donde se busque conformar una sociedad comunitaria, social, fraterna y solidaria…todo esto está en la línea del estilo de Jesús y del Reino, es signo de la presencia del Espíritu, aunque no todos lo perciban así. En realidad nos hallamos ante un kairós, ante una de estas señales del Reino que el evangelio nos dice que tenemos que estar atentos (Mt 13,5.9.22.33.35.37)

Signo de ello es que el pueblo ha vivido en el comienzo del cambio de gobierno momentos de gozo, esperanza, ilusión, alegría. Incluso este entusiasmo ha llegado a exageraciones peligrosas, como puede ser un grafitti que desde hace meses se encuentra en una calle de Cochabamba: “Cristo viene, ya es presidente”. Esto explica también las reacciones de sectores populares que quieren defender a toda costa que se lleve a cabo este proyecto pues sienten que “o ahora o nunca”.

Pero este entusiasmo del pueblo y de algunos sectores de la misma Iglesia ¿no habrá sido demasiado ingenuo y prematuro? ¿No se habrá caído en cierto mesianismo, sacralizando al gobierno? Frente a estos entusiasmos hay que afirmar claramente que ningún cambio histórico, por más que sea positivo, es ya la escatología final o la plenitud del Reino. Jesús nos advierte de no caer en ingenuidades y creer que el Mesías ya ha llegado (Mt 24, 26-28). No hay que creer en falsos mesías.

Pero después de más de medio año de gobierno, analistas políticos de diversas tendencias y el mismo pueblo coinciden en criticar muchas actuaciones del actual gobierno de Evo Morales, a pesar de reconozcan que personalmente es honrado, carismático y lleno de buenas intenciones. En estos meses va apareciendo un caudillismo indigenista sin tener en cuenta el mestizaje real del país, se busca la descolonización sin el discernimiento necesario, se lanzan acusaciones graves contra personas e instituciones sin presentar pruebas, el discurso anti-imperialista que se emplea no calcula las consecuencias que de esta postura se pueden derivar para el país, no se tienen en cuenta a todos los grupos y regiones del país, se tiende a un centralismo y a un control ideológico que menoscaba la libertad democrática y de prensa, se quiere industrializar el país pero no se ponen los medios necesarios para ello, no se respetan las etapas necesarias en todo cambio, se va a un gobierno de masas, con tentaciones dictatoriales e incluso se incita a una resistencia armada, el indigenismo que se profesa puede llevar a un racismo y a tomar posturas revanchistas, conservadoras y poco abiertas a la modernidad, hay un exceso de ideología y una falta de medidas técnicas realistas en los temas de hidrocarburos y de economía, la falta de diálogo y consenso está llevando a una paralización de la Asamblea constituyente y a una polarización del país, la amistad de Evo con Chávez y Castro suscita temores, los ataques a la Iglesia católica y el problema de la educación preocupan a muchos, hay prepotencia en algunos miembros del gobierno, se descubre corrupción y división en el mismo gobierno, la retórica ideológica no ha mejorado las condiciones de vida del pueblo que esperaba cambios rápidos, continúa la emigración al exterior, por todas partes hay problemas, conflictos, bloqueos, ha habido enfrentamientos con muertos y heridos entre los mineros de Huanuni…Muchos bolivianos, incluso de sectores populares, se sienten hoy decepcionados y arrepentidos de haber votado por Evo.

Frente a estos hechos, como ciudadanos y cristianos con sentido profético y evangélico, hemos de reconocer que muchos de estos elementos que se han mezclado no son fruto del Espíritu, sino consecuencia de errores, intereses, apasionamientos, egoísmos, improvisaciones, fanatismos, ambigüedades, mesianismos, etc.

Pero tampoco hemos de caer en el extremo de convertirnos en profetas de calamidades. La reacción de algunos sectores a estos elementos negativos ha sido excesivamente crítica, satanizando al gobierno, afirmando que Bolivia camina hacia una nueva Cuba atea, que se persigue a la Iglesia, que este proceso va a desembocar en una guerra civil.... Su símbolo puede ser una pancarta de Santa Cruz que decía “Evo anticristo”
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Es sospechoso que sectores que durante años han callado ante las injusticias sociales y la marginación del pueblo, de repente se conviertan en defensores de la democracia, de los derechos humanos y de la misma Iglesia. Muchas críticas al actual gobierno vienen de los sectores económicamente altos, de las elites que han estado durante siglos en el poder y que se resisten al cambio social y político porque afecta a sus intereses económicos, que les llevará a perder privilegios. Muchos de estos sectores dominan los MCS y aprovechándose de los reales errores del gobierno, difunden una especie de terrorismo verbal sobre el gobierno y en el fondo sólo desean que fracase este proceso de cambio y se vuelva a implantar el modelo neoliberal vigente durante años. ¿Tenemos las condiciones personales necesarias para hacer un discernimiento sincero de la realidad?


Orientaciones para una toma de postura en la situación de Bolivia

Ante esta situación de polarización, donde se mezclan elementos positivos y negativos, donde se sacraliza y sataniza al gobierno, muchos cristianos viven momentos de perplejidad y se preguntan qué postura deben asumir. ¿Evadirse ante la complejidad de los problemas? ¿Comprometerse ciegamente con un sector? ¿Mantener una postura de neutralidad, sin decantarse ni por un lado ni por otro?

En esta situación de confrontación, hemos de evitar las actitudes viscerales que llevan a polarizaciones y divisiones en el país. Hemos de intentar ser lúcidos, discernir con criterios y actitudes evangélicas esta situación, sin dejarnos llevar de sentimientos apasionados.

Podemos preguntarnos qué es lo que prevalece y está de fondo en el actual proceso histórico, si lo bueno o lo malo. ¿Es un campo de trigo en el cual el enemigo ha sembrado cizaña (Mt 13, 25) o es un árbol malo que da frutos malos (Mt 7, 15-19)?

Es decir, aunque el fin no justifica los medios, no es indiferente la consideración del fin que se pretende. Así, en todo momento de cambio hay que ver si el fin que se busca es fundamentalmente positivo (aunque en su realización se cometan errores y abusos) o si el fin ya está viciado de raíz (aunque a lo mejor produzca algunos aspectos positivos para algunos). ¿Creemos que la propuesta de cambio que se propicia en Bolivia coincide fundamentalmente con los ideales del Reino o creemos que es algo antievangélico?

No es legítima una postura de pura de neutralidad. Si creemos que este proceso de cambio está buscando fines que se orientan al Reino y son realmente evangélicos, en principio tendríamos que apoyarlo y apostar por el cambio. Pero al mismo tiempo como miembros de la Iglesia tenemos que realizar una función de crítica profética, para que los abusos, errores reales y peligros futuros se corrijan, para que el gobierno, dejando a un lado los discursos ideológicos, pase a una acción realista con ayuda de técnicos competentes, evitando todo tipo revanchismo, todo indigenismo excluyente, toda visión maniquea de la historia, todo mesianismo ingenuo, iniciando en el país un proceso de diálogo, consensos, concertación, escuchando a las minorías, respetando plenamente los derechos humanos, etc

Hay que aceptar que no es fácil en poco tiempo romper con esquemas que vienen de siglos, hay que dar tiempo al tiempo. La historia nos dice que todos los cambios son lentos, conflictivos y, a veces, convulsivos y traumáticos. El evangelio nos exhorta a tener paciencia y no querer arrancar rápidamente la cizaña (Mt 13, 36-43)

Nos corresponde en esta situación ayudar a dar criterios evangélicos para discernir lo que es evangélico de lo que no lo es y evitar posturas radicales y viscerales.

No extinguir el Espíritu

Vale para nosotros la advertencia del apóstol “No extingan el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas, examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal, dondequiera que lo encuentren” (1 Tes 5, 19). Nuestra misión no es la de ser profetas de calamidades, sino la de acompañar paciente y críticamente este complejo y duro proceso de cambio histórico que vive Bolivia, para que se oriente en la línea del Espíritu de Jesús y del Reino de Dios.

Recordemos también que todo cambio histórico exige una conversión. También como Iglesia hemos de estar dispuestos a descubrir lo que Dios nos quiere decir con este cambio, redescubrir una imagen de Dios más conforme con la revelada por Jesús, un concepto de comunidad humana más de acuerdo con el proyecto del Reino de Dios, una Iglesia más evangélica y pascual con predilección por los pobres y excluidos, que renuncia a privilegios del pasado.

Hemos de escuchar la voz de Dios que habla hoy a través del clamor de los indígenas, los pobres, las mujeres, los jóvenes, los miembros de otras Iglesias y de otras religiones, aceptar el protagonismo de otros sujetos y actores sociales que han sido tradicionalmente marginados de la vida pública y también de la Iglesia. A través de todos ellos hoy nos habla el Espíritu ¿Sabremos auscultarlo?

Sería lamentable que este proceso de cambio que busca el bien de las mayorías y quiere revertir una situación de injusticia inveterada fracasase. Y sería triste que un día se pudiese decir que el cambio fracasó en gran parte por culpa de la postura de la Iglesia. Recuperemos la memoria histórica y aprendamos de las lecciones del pasado de la Iglesia.

Hemos de colaborar con todos los grupos y todas las personas de buena voluntad, de cualquier ideología, cultura y religión que sean, para defender la vida del pueblo, singularmente la vida de los que la tienen amenazada, porque como dijo Monseñor Romero (reformulando a Ireneo): “la gloria de Dios es la vida del pobre”.

Cochabamba 14 de octubre 2006