10 febrero 2010

Haití. Discurso de Retamar

Haití, una esponja empapada en sangre

2010-01-20 | Conferencia magistral de Roberto Fernández Retamar pronunciada en la Casa de las Américas el viernes 26 de septiembre de 2003, en el acto de presentación de la Comisión Nacional para Honrar, durante el año 2004, a la Independencia de Haití en su Bicentenario

Your browser may not support display of this image.

por Roberto Fernández Retamar

Hubiera querido escribir la conferencia que voy a ofrecerles, pero la vida tuvo otros designios y, por tanto, prácticamente voy a improvisar a partir de algunas notas que he podido tomar y de muchísimas lecturas que hace años estoy haciendo, conmovido como estoy por la extraordinaria historia de Haití, país que visité en 1997, recorriendo el camino que iluminó a Alejo Carpentier cuando en su memorable viaje de 1943 tuvo la revelación —otra palabra no es posible— de muchos secretos y realidades de nuestra América.

En rigor, como se ha dicho aquí, no vamos a conmemorar el Bicentenario de la Revolución de Haití (que comenzó en 1791, cuando el país se llamaba aún Saint-Domingue), sino su triunfo, el triunfo de esa Revolución, el cual hizo posible la independencia del país, proclamada el primero de enero de 1804, cuando sus libertadores, de la noche a la mañana, en un relámpago, le devolvieron su nombre aborigen. Creo que hasta ahora no se sabe de quién fue esta feliz idea, que se propuso borrar incluso verbalmente el atroz pasado colonial. Tales libertadores no eran aborígenes, pero tampoco europeos.

Eran de procedencia africana, y decidieron, calibanescamente, hermanarse con la herencia de los primeros habitantes de su isla, los primeros humillados y ofendidos, los primeros oprimidos (hasta el exterminio), tras la segunda llegada a nuestras tierras de europeos: llegada que, absurdamente, fue llamada descubrimiento. En 1492, las dos ciudades más pobladas del mundo se llamaban Tenochtitlan y Pekín, y según lo que sé ninguna de ellas se encontraba en Europa. De manera que llamarle descubrimiento a la llegada de un grupo de europeos a un continente donde había millones de habitantes, es una aberración. En realidad, merece ser llamada un cubrimiento de la historia verdadera.

Sin embargo, aquella llegada tuvo, sin duda, trascendencia, ya que hizo posible lo que el gran historiador francés Fernand Braudel llamaría la mundialización, palabra que se hizo después muy conocida; hizo posible el nacimiento de la modernidad. Y esa llegada —aunque no se suele subrayar bastante— ocurrió en el Caribe, que devendría una de las grandes encrucijadas geográfico-históricas de la humanidad.

La Revolución que condujo a la independencia de Haití, hará pronto doscientos años, fue el primer y magno acontecimiento en que el Caribe apareció del todo como actor en el planeta. Y fue el pórtico de la independencia de nuestra América.

En un notable libro que publicó en 1961 sobre Toussaint Louverture. La Revolución Francesa y el problema colonial, el poeta martiniqueño Aimé Césaire dijo con mucha razón que estudiar la historia de Saint-Domingue es estudiar uno de los orígenes, una de las fuentes de la actual civilización occidental. Es decir, la historia del capitalismo. Y ya en 1944, el trinitario Eric Williams, en otro libro inolvidable, Capitalismo y esclavitud, había señalado el vínculo entre ambas entidades. Sin esclavitud en las Antillas, no hubiera habido capitalismo. También Marx habló de cómo era menester, incluso a fin de proceder a una explotación rentable para la burguesía del proletariado europeo, lo que él llamó la esclavitud sans phrase, la esclavitud sin ambages en sitios como el Caribe. Y es que este Caribe en que estamos es imprescindible para la construcción del llamado mundo occidental. Es un mar singular el Caribe.

He mencionado en varias ocasiones cómo, siendo niño, me entusiasmaba viendo las películas sobre los piratas, y cómo tardé muchos años en darme cuenta de que esos piratas, en gran medida, realizaban sus fechorías en este mar. Eran, unos, conquistadores; otros, piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros: esclavistas todos. Criaturas de este jaez fueron los hacedores de la encantadora civilización occidental. Y sus hazañas se realizaban en las aguas en que vivimos. De ahí, entre otras cosas, la extraordinaria relevancia del Caribe.

Recordaré solo dos ejemplos curiosos para subrayar esa relevancia. Cuando Luis XV tuvo que escoger entre dos posesiones suyas, Martinica y Canadá, escogió Martinica. Esa isla diminuta era mucho más rentable para Francia que el inmenso Canadá. Cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762, la cambiaron en 1763 por la Florida entera; es decir, esta ciudad valía a sus ojos tanto como el extenso territorio de la Florida.

En el caso específico de Saint-Domingue, voy a presentar una cronología sumaria para hacernos idea de cómo se llegó a lo que fue después Haití. Alrededor de 1630, comenzaron los primeros establecimientos franceses en la parte occidental de la isla, colonia española llamada Santo Domingo, como se llama todavía la parte oriental de tal isla. No hay que decir que se trataba de esos caballeros a los que ya he aludido: piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros, esclavistas, bandidos de diversa naturaleza. En 1697, por el Tratado de Ryswick, España cedió aquella parte de la isla a Francia y, a partir de ese momento, esa parte occidental fue nombrada Saint-Domingue, que en menos de un siglo se convirtió en la colonia más rica del mundo, es decir, que produjo extraordinarias ganancias a Francia.

Los acontecimientos memorables ocurridos en ese país a finales del siglo XVIII y principios del XIX tendrían una notable repercusión en el Caribe en general, y en Saint-Domingue en particular. Nosotros los cubanos tenemos la dicha, el honor de que un gran escritor nuestro nos ha dado versiones imaginativas e intensas de los sucesos ocurridos en Saint-Domingue (luego Haití), a raíz de la Revolución Francesa: Revolución que, como sabemos, es casi la Revolución por excelencia. Antes y después ha habido grandes revoluciones: antes, en los Países Bajos, en Inglaterra, en las Trece Colonias; después, muchísimas otras, como las de independencia en Hispanoamérica, las de Europa en 1848 y 1871, la Mexicana, la Rusa, la China, la Cubana, la Vietnamita, la Argelina, etcétera. Pero la Revolución por excelencia sigue siendo la Francesa. Y esa Revolución no podía dejar de tener grandes repercusiones en las colonias francesas en el Caribe, no solo pero particularmente en Saint-Domingue.

Y decía que nosotros los cubanos tenemos el honor de que uno de nuestros mayores escritores nos ha trasladado experiencias de esas trepidaciones. Pienso, naturalmente, en Alejo Carpentier, cuyas novelas El reino de este mundo, publicada en 1949, y El Siglo de las Luces, publicada en 1962, son versiones dramáticas, que nos permiten conocer desde dentro —como solo el arte puede hacerlo— lo que fueron esas trepidaciones. Otro de nuestros grandes escritores, Nicolás Guillén, publicó en 1948 su fuerte y delicada Elegía a Jacques Roumain en el cielo de Haití, sobre esa admirable figura de la intelectualidad y de la política haitianas, quien le decía a Nicolás en el poema: «Haití es una esponja empapada en sangre».

Pues bien, es imprescindible recordar los sucesos principales de la Revolución Francesa en sus dos vertientes: lo que pudiéramos llamar la vertiente ascendente o progresista y la vertiente descendente u opresora. El 14 de julio de 1789, como sabemos de sobra, se produjo la Toma de la Bastilla, y se ha considerado esa como la fecha inicial de aquella Revolución.

El 20 de agosto de ese año se emitió la Declaración de los Derechos del Hombre y de los Ciudadanos. En 1791, la Asamblea francesa extendió los derechos de representación a todos los colonos. Ese año, en medida considerable provocadas por situaciones internas, por el horror de la esclavitud, que había sido naturalmente impugnada por los esclavos desde el primer momento (de la misma manera que los amerindios impugnaron desde el primer momento las distintas formas de esclavitud a que se les sometió), y además, en el caso de Saint-Domingue, por los vientos renovadores que llegaban de Francia, ese año, 1791, se producen grandes insurrecciones de esclavos en el norte de Saint-Domingue, y esto se considera el inicio de lo que iba a ser la Revolución de Saint-Domingue o, como decimos ahora, la Revolución haitiana. La ciudad Cap Français fue incendiada hasta las raíces por los esclavos, quienes habían acometido un nuevo rechazo de la opresión, rechazo que esta vez iba a convertirse en una revolución de independencia nacional.

En América ha habido muchísimas revueltas de esclavos. Cuando se inauguró un monumento en homenaje a una de esas revueltas en Triunvirato, en la provincia cubana de Matanzas, recuerdo la emoción con que escuché a Fidel hablar de nosotros, los descendientes de esclavos. Es decir, una de las raíces del movimiento social en nuestro continente está dada por esas revueltas de esclavos, como otra de las raíces está dada por las revueltas indígenas.

En 1792, la monarquía francesa, Luis XVI, cae, y se proclama la República Francesa. Los jacobinos, el ala izquierda (esta división entre izquierda y derecha, que se convirtió después en clásica, procede de la Revolución Francesa, de dónde se sentaban radicales en un lado y moderados en otro); los jacobinos, digo, la izquierda de la Revolución francesa, decretan derechos políticos iguales para todos los negros libres y los mulatos; lo cual, desde luego, provoca repercusiones enormes en Saint-Domingue, donde la mayoría de la población era negra; donde existían los grandes blancos —los grandes propietarios—, los pequeños blancos —que no tenían propiedades tan vastas—, los mulatos, los negros libres y, sobre todo, los esclavos negros.

Entre 1792 y 1793, Francia entra en guerra con Austria, Prusia, Gran Bretaña y Holanda, y se siente amenazada por España. Es un momento dramático. La Asamblea francesa envía tres representantes a Saint-Domingue: el más señalado de ellos, Sonthonax.

Saint-Domingue, como se ha dicho, era una colonia riquísima, y muchos otros países querían robar esa riqueza. Sonthonax, arrinconado entre la espada y la pared, toma el 29 de agosto de 1793 una medida que la humanidad tendrá que celebrar como celebra otras fechas extraordinarias: publica el decreto de emancipación general de los esclavos en el norte de Saint-Domingue. Un hecho de esa naturaleza y de esa magnitud no había ocurrido en el mundo hasta ese momento. El 29 de agosto de 1793, repito, tendrá que ser celebrado por la humanidad como una de sus grandes fechas.

No olvidemos que la guerra de independencia, por otra parte notable, de las Trece Colonias, que se inicia en 1775, que produce al año siguiente, en 1776, su magníficaDeclaración de Independencia, escrita por Thomas Jefferson, y que culmina en 1783 con el Tratado de Versalles cuando Inglaterra acepta la independencia de las Trece Colonias, que pasarían a llamarse los Estados Unidos de América; esta importante guerra revolucionaria que logra la independencia del primer país en América en obtenerla, deja, sin embargo, intocada la esclavitud. O sea, que aquellas hermosas palabras de la Declaración, según las cuales todos los hombres habían sido creados iguales por Dios, en realidad solo se aplicaban a los blancos, y de preferencia, si no con exclusividad, a los blancos ricos y varones. En cambio, en Saint-Domingue se produjo la emancipación de los esclavos negros.

Recuerden que en aquella época las comunicaciones eran muy lentas: no había manera de comunicarse con Francia; de manera que en un momento sumamente difícil, Sonthonax, sin consultar a nadie, toma la decisión, el 29 de agosto, de decretar la emancipación de los esclavos negros en Haití.

Aunque voy a hablar de esto después, no quiero dejar de mencionar aquí una comparación muy curiosa, hecha por un escritor notable, sobre todo un escritor de ficción pero que escribió también ensayos históricos: Juan Bosch. Hablando del Caribe, al que llama «frontera imperial», dijo Bosch que Sonthonax, el 29 de agosto de 1793, se encontraba en la misma situación en que se iba a encontrar, el 16 de abril de 1961, otro caribeño famoso, Fidel Castro. Sabiendo entonces que dentro de unas horas su país iba a ser invadido por el imperio más poderoso del momento, Fidel proclamó el carácter socialista de la Revolución cubana. Para Bosch, si Sonthonax no hubiera decretado la emancipación de los esclavos negros y Fidel no hubiera decretado el carácter socialista de la Revolución cubana, ambos hubieran sido derrotados y deshonrados. Los guió, dijo Bosch, la lógica del Caribe.

Ese año, 1793, en Francia es muy duro; es conocido como el Año del Terror. Se produce la purga y la ejecución de muchos girondinos, pero todavía no se produce la aceptación por la Asamblea francesa de la medida que Sonthonax había tomado. Habrá que esperar hasta el 4 de febrero de 1794 para que la Asamblea francesa decrete la abolición de la esclavitud, una gran medida de esa gran Revolución. Entonces la Asamblea está dominada por los jacobinos, pero no va a estarlo por mucho tiempo más. El 28 de julio de ese año 1794 son guillotinados Robespierre, Saint Just y otros jacobinos.

En 1795, por el Tratado de Basilea, España cede Santo Domingo a Francia. El 22 de agosto, en Francia se decreta la Constitución Thermidoriana. La Revolución Francesa comienza a cambiar de signo. Ya no es una revolución generosa, capaz de proclamar la abolición de la esclavitud; pasa a ser la revolución cautelosa primero, francamente conservadora después, que trabaja en beneficio no de la humanidad, no de los derechos del hombre, sino de una clase emergente y rapaz: la burguesía. Y la Constitución Thermidoriana es testimonio evidente de esto. El 26 de octubre se disuelve la Asamblea Nacional y en noviembre se crea el Directorio. Ese mismo año, 1795, impulsadas sobre todo por el aliento de las luchas revolucionarias que tienen lugar en Saint-Domingue, ocurren grandes rebeliones de esclavos en otros lugares del Caribe, como Cuba, como Venezuela, como varias islas de las Antillas Menores.

En 1797, el 2 de mayo, es nombrado Gobernador General la extraordinaria figura que fue Toussaint Louverture, un hombre que había sido esclavo y llegó a ser General y a organizar un gran ejército. En 1799, Louverture ocupa el Santo Domingo que había pertenecido a España. Pero ese mismo año, Napoleón disuelve el Directorio y se convierte en el hombre fuerte de Francia. A Napoleón se le atribuye haber dicho, a propósito de su presencia en la Revolución Francesa, que había terminado la novela y había comenzado la historia; es decir, terminaban los sueños generosos que hacen que la Revolución Francesa siga siendo para nosotros un momento señero de la humanidad, y comenzaba la historia bajo el puño férreo de Napoleón, a quien volveré a referirme.

El 8 de julio de 1801, Toussaint Louverture proclama una nueva Constitución para Saint-Domingue. En esa Constitución, por supuesto, la esclavitud no tiene lugar. Pero ese mismo año, Napoleón envía a Saint-Domingue, con vistas a aplastar a los revolucionarios de allí, encabezados por Toussaint Louverture, a su cuñado Leclerc. Es un ejército poderosísimo el que Napoleón envía a Saint-Domingue, con el intento de aplastar a los que habían sido negros esclavos y eran en esos momentos, paradójicamente, los portadores por excelencia de los criterios de libertad, igualdad y fraternidad que habían nacido en Francia y allí habían sido traicionados. Leclerc era cuñado de Napoleón, porque estaba casado con Paulina Bonaparte, y precisamente en El reino de este mundo Alejo Carpentier nos ha presentado escenas muy interesantes de Paulina Bonaparte, desnuda, recibiendo masajes de un esclavo negro, en condiciones que no pueden menos que entusiasmar.

El ejército de Leclerc, repito, era poderosísimo. ¿Por qué Napoleón envía tal ejército a Saint-Domingue? Es que Napoleón tiene el proyecto de establecer un gran imperio colonial francés en América, que fuera desde la Luisiana —que en esos momentos se encontraba en manos francesas— hasta Saint-Domingue, riquísima, y hasta las islas colonias francesas del Caribe que eran también riquísimas. Y era menester aplastar la Revolución en Saint-Domingue para hacer realidad ese proyecto suyo.

En 1802, el 27 de abril, Napoleón emite el decreto que restablece la esclavitud y la trata de negros en las Antillas francesas. Solo si se conoce esto, el papel que desempeñó Napoleón en el Caribe, se comprende lo que nosotros los caribeños pensamos de Napoleón. Cuando leemos a figuras progresistas, muy progresistas, de Europa haciendo el elogio de Napoleón, no podemos acompañarlos en ese elogio; y, en cambio, entendemos perfectamente que José Martí haya escrito en uno de sus Versos libres, hablando de Los Inválidos, donde están los restos de Napoleón, este verso memorable: «El corso vil, el Bonaparte infame». No podemos menos que pensar eso del hombre que volvió a establecer la esclavitud en el Caribe y la trata de negros. Es una perspectiva caribeña, la misma desde la cual Alejo Carpentier escribió El Siglo de las Luces.

He tenido discusiones con algunos amigos franceses que me han preguntado por qué Alejo presenta en El Siglo de las Luces de tal manera las acciones de Napoleón. ¿Y cómo las va a presentar? ¿Cómo podemos presentar nosotros los caribeños a una figura que restablece la esclavitud, abolida por la Revolución Francesa en ascenso y restablecida por la Revolución Francesa en su etapa conservadora?

Desgraciadamente, el 6 de mayo de ese año 1802, Toussaint Louverture, engañado, acepta las propuestas de Leclerc —en cierta forma se rinde ante él— y es enviado el 7 de junio a Francia, donde es encarcelado en el Fuerte de Joux. En 1803, el 7 de abril, en ese Fuerte morirá Toussaint Louverture, ignorando lo que estaba ocurriendo y por supuesto lo que iba a ocurrir como consecuencia de sus hazañas. Ese año 1803, en cumplimiento del decreto napoleónico, la esclavitud es restablecida en las colonias francesas, lo que hace que muchos dirigentes político-militares de Saint-Domingue que habían vacilado pensando que Leclerc llevaba proyectos de independencia a Saint-Domingue, comprenden que ello era completamente falso, que lo que llevaba eran proyectos para restablecer la esclavitud.

Leclerc murió de resultas de una enfermedad tropical, y la versión oficial de Occidente, es decir, del capitalismo, es que fueron las enfermedades tropicales las que vencieron a las tropas francesas, pero la realidad monda y lironda es que fueron los ex esclavos los que las derrotaron en 1803. De manera que cuando no queda más remedio que aceptar por la historia oficial europea que las tropas napoleónicas fueron vencidas en España y en Rusia —como se sabe de sobra—, se suele callar que antes que en España y Rusia las tropas napoleónicas fueron vencidas en el Caribe; fueron vencidas en Saint-Domingue, y no por los mosquitos, sino por los ex esclavos. Los mosquitos hicieron su parte —bienvenida sea—, pero fueron los ex esclavos, los generales que habían sido esclavos y habían crecido hasta ser generales, los que vencieron a las tropas de Leclerc. O sea, que esa forma extrema que representaba Napoleón del Occidente tuvo que morder el polvo de la derrota antes que en España y Rusia, en el Caribe.

De resultas de esa derrota de las tropas francesas, el primero de enero de 1804 se proclama la independencia de lo que ya no se iba a llamar más Saint-Domingue, sino que, como dije hace poco, de la noche a la mañana, en un relámpago, volvió a llamarse Haití, como se llamaba originalmente el país.

Jean Jacques Dessalines, quien tras la muerte de Louverture llega a ser el General en Jefe de las tropas independentistas, tenía un secretario muy singular, llamado Boisrond Tonnerre. Parece que al nacer, se produjo una tormenta, quizá un ciclón gigantesco —“tonnerre” es un trueno—, y el padre decidió incluir ese trueno en su nombre. Fue una figura interesantísima y muy discutida. A mí me apasiona mucho. Él fue secretario de Dessalines y escribió la proclama de la independencia de Haití y también el discurso que a continuación de la proclama dio a conocer, como General en Jefe, Dessalines. He traducido del francés en que se escribieron ambos textos. Helos aquí:

EJÉRCITO INDÍGENA

Proclamación de la independencia de Haití

Libertad o muerte

AÑO PRIMERO DE LA INDEPENDENCIA

Hoy, primero de enero de mil ochocientos cuatro, el general en jefe del ejército indígena, acompañado de los generales, jefes del ejército, convocados al efecto de tomar las medidas que deben tender a la felicidad del país.

Después de haber hecho conocer a los generales reunidos sus verdaderas intenciones de asegurar para siempre a los indígenas de Haití un gobierno estable, objeto de su más viva solicitud; lo que él ha hecho por medio de un discurso que tiende a hacer conocer a las potencias extranjeras la resolución de hacer al país independiente, y de disfrutar de una libertad consagrada por la sangre del pueblo de esta isla; y después de haber recogido los pareceres, ha pedido que cada uno de los generales reunidos pronunciara el juramento de renunciar para siempre a Francia, de morir antes que vivir bajo su dominación, y de combatir hasta el último suspiro por la independencia.

Los generales, penetrados de estos principios sagrados, después de haber dado con una voz unánime su adhesión al proyecto bien manifiesto de la independencia, han jurado todos ante la posteridad, ante el universo entero, renunciar para siempre a Francia y morir antes que vivir bajo su dominación.

Hecho en Gonaïves, este 1ro. de enero de 1804, y el primer día de la Independencia de Haití.

Firman: Dessalines, general en jefe; Christophe, Petion, Clervaux, Geffrard, Vernet, Gabart, generales de división; P.Romain, E. Gerin, F. Capoix, Daut, Jean-Louis Frrançois, Ferou, Cange, L. Bazelais, Magloire Ambroise, J. J. Herne, Toussaint Brave, Yayou, generales de brigada; Bonnet, F. Papalier, Morelly, Chevalier, Marion, ayudantes-generales; Magny, Roux, jefes-de-brigada; Charairon, B. Loret, Quene, Markajoux, Dupuy Carbonne, Diaquoi el mayor, J. Raphael, Malet, Derenon-Court, oficiales del ejército; y Boisrond-Tonerre, secretario.

Y, de inmediato, el discurso de Dessalines:

El General en jefe al pueblo de Haití

Ciudadanos:

No basta con haber expulsado de nuestro país a los bárbaros que lo han ensangrentado durante dos siglos; no basta con haber puesto freno a las facciones siempre renacientes que se burlaban, unas tras otra, del fantasma de libertad que Francia colocaba ante vuestros ojos; es necesario, por medio de un acto último de autoridad nacional, asegurar para siempre el imperio de la libertad en el país que nos vio nacer; es necesario arrancar al gobierno inhumano que mantiene desde hace tanto tiempo a nuestros espíritus en el letargo más humillante, toda esperanza de dominarnos; es necesario, en fin, vivir independientes o morir.

Independencia o muerte… Que estas palabras sagradas nos vinculen, y sean señal de combates y de nuestra reunión.


(De manera que nuestra expresión “Patria o Muerte” tiene antecedentes muy evidentes en el caso haitiano.)

Ciudadanos, mis compatriotas, he reunido en este día solemne a estos valientes militares, que, a punto de recoger los últimos suspiros de la libertad, prodigaron su sangre para salvarla; estos generales que han guiado vuestros esfuerzos contra la tiranía, no han hecho aún bastante por vuestra felicidad. El nombre francés lugubra todavía nuestra tierra.

(Boisrond Tonnerre inventó la palabra “lugubrar”: en francés, lugubrer. Él era no solo un revolucionario de ideas, sino un revolucionario verbal, y he dejado así la expresión: «el nombre francés lugubra todavía nuestra tierra». Otras traducciones dicen “oscurece”. Hay que dejar “lugubrar”.)

Aquí todo trae el recuerdo de ese pueblo bárbaro: nuestras leyes, nuestras costumbres, nuestras ciudades, todo lleva aún el sello francés; ¿qué digo? hay aún franceses en nuestra isla, y vosotros os creéis libres e independientes de esa república que ha combatido a todas las naciones, es cierto, pero que jamás ha vencido a los que han querido ser libres.

¡Y bien!, víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino por la triste elocuencia de las proclamas de sus agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire? ¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su crueldad comparada con nuestra patente moderación; su color con el nuestro; la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima vengador, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que no lo devendrán jamás, y que si encuentran asilo entre nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.

Ciudadanos indígenas, hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de pecho! ¿En qué se han transformado?… Me estremezco al decirlo… En presa de esos cuervos. En lugar de estas víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?; pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran junto a los de vuestros padres, en el momento en que abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.

Y vosotros, hombres invalorables, generales intrépidos que, insensibles a las propias desgracias, habéis resucitado la libertad prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de mantenerla…

Que tiemblen al abordar los franceses nuestras costas, si no por el recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar con su planta sacrílega el territorio de la libertad.

Hemos osado ser libres, osemos serlo por nosotros mismos y para nosotros mismos; imitemos al niño que crece: su propio peso rompe los andadores que se tornan inútiles y traban su marcha. ¿Qué pueblo ha combatido por nosotros? ¿Qué pueblo quisiera recoger los frutos de nuestros trabajos? ¿Y qué absurdo deshonroso es el de vencer para ser esclavos? ¡Esclavos!… Dejemos a los franceses este epíteto calificativo: han vencido para dejar de ser libres.

Marchemos sobre otras huellas, imitemos a los pueblos que, llevando su celo hasta el porvenir, y temiendo dejar a la posteridad el ejemplo de la cobardía, han preferido ser exterminados antes que borrados del concierto de las naciones libres.

Y tú, pueblo demasiado tiempo infortunado, testigo del juramento que pronunciamos, recuerda que conté con tu constancia y tu coraje cuando me lancé a la carrera de la libertad para combatir el despotismo y la tiranía contra los cuales tú luchaste desde hace catorce años; recuerda que todo lo sacrifiqué para correr en tu defensa: padres, hijos, fortuna, y que ahora mi única riqueza es tu libertad; mi nombre llena de horror a todos los pueblos que desean la esclavitud, y los déspotas y los tiranos no lo pronuncian sin maldecir el día que me vio nacer; y si alguna vez rehusaras o murmuraras de las leyes que el genio que vela por tus destinos me dictará para tu bienestar, merecerías la suerte de los pueblos ingratos.

Pero lejos de mí esta horrible idea; tú serás el sostén de la libertad que amas, el apoyo del jefe que te conduce.

Presta pues el juramento de vivir libre e independiente, y de preferir la muerte a todo lo que tendería a volverte al yugo. Jura en fin perseguir para siempre a los traidores y a los enemigos de la independencia.

Jean-Jacques Dessalines

Después de la derrota de Leclerc, Napoleón vio hecho trizas su proyecto de imperio colonial francés en América, y decidió, contrariando lo que había acordado con España —cuando España cedió a Francia la Luisiana—, vender la Luisiana, que era un territorio enorme, a los Estados Unidos, con una condición, una pequeña condición: que el Gobierno de los EE. UU. se sumara al Gobierno francés en el terrible bloqueo que Napoleón iba a imponer a Haití. No tengo que decirles que el Gobierno de los EE. UU. aceptó jubiloso la propuesta —parece que los bloqueos son muy atractivos para los gobiernos de ese país—, y se sumaron al bloqueo que Napoleón le hizo a Haití.

Sobre este punto hay unas páginas que les recomiendo vivamente en el libro de un gran historiador cubano, Ramiro Guerra —un historiador conservador, no es un historiador radical, no es un historiador de izquierda, no es un historiador jacobino—. El libro se llama La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos. Ese libro se publicó en Madrid en 1935, porque Ramiro Guerra estaba en el destierro. Había sido ministro de la Presidencia de Machado, un presidente tiránico de Cuba, y tuvo que abandonar Cuba, a la caída de Machado, en 1933, en el mismo avión en que el tirano se fue para las Bahamas.

Paradójicamente, este hombre que tenía ese cargo tan poco honorable era, sin embargo, un hombre honrado. Era un hombre que no robaba y, desde luego, no mataba. Y, además, era un nacionalista y, por tanto, enemigo de la expansión imperialista de los EE. UU. Y ese libro que tuvo que escribir en el destierro es un libro que fue fundamental para muchísimos revolucionarios cubanos, como lo había sido ya otro que escribió y publicó siendo ministro de Machado; un libro excelente publicado en 1927, sin el cual no es dable entender a Cuba, que se llama Azúcar y población en las Antillas. Se daba la paradoja de que este libro era una obra de cabecera de los revolucionarios cubanos más radicales que luchaban contra Machado. Es un libro que muestra cómo el latifundio hizo un daño fatal a países de las pequeñas Antillas, y Cuba estaba condenada a un destino similar.

Terminaré mencionando otros libros esenciales sobre el Caribe, en los cuales Haití desempeña un papel fundamental. Uno es de un autor cubano que conocí y quise mucho. Llegó a ser colaborador nuestro en la Casa de las Américas, y se llamó José Luciano Franco. José Luciano publicó tres tomos sobre el tema La batalla por el dominio del Caribe y el Golfo de México. El tomo III de esa obra se llama Historia de la Revolución de Haití, y se publicó en 1966.

Y otros dos libros que quiero mencionar son un caso singular en la historia intelectual, pues se publicaron el mismo año (1970), sobre el mismo tema y prácticamente con igual título. Uno es de Juan Bosch, ilustre dominicano, gran conocedor de Cuba, donde había vivido exiliado muchísimo tiempo, al punto de que se casó con una cubana, y los cubanos, la realidad, lo consideramos bastante cubano: los dominicanos tienen todo el derecho del mundo a sentirse orgullosos de Juan, pero por lo menos un pedacito suyo se quedó con nosotros. Y el autor del otro libro fue el destacado intelectual de Trinidad y Tobago Eric Williams, de quien ya mencioné su obra Capitalismo y esclavitud. Lo curioso, lo extraordinario es que ambos libros son las primeras historias orgánicas del Caribe, y se llaman, uno, De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial; y otro, De Colón a Castro. La historia del Caribe 1492-1969.

Y vuelvo a decir: no se entiende el Caribe, no se entiende Haití, no se entiende Cuba sin la lectura de libros de esta naturaleza. [1] Añado que ninguno de estos autores era comunista, o sea, tales libros pueden ser leídos sin temor de ser contagiados por el virus del comunismo.

La Revolución cubana tiene la desdicha de que es juzgada por una cantidad enorme de analfabetos funcionales que emiten juicios precipitados sobre nosotros. No han leído a José Martí, por supuesto, ni a Ramiro Guerra, ni a Juan Bosch, ni a Eric Williams, ni a José Luciano Franco. Han leído los periódicos donde se dicen vergonzosas mentiras y, naturalmente, así no se puede entender ni la Revolución haitiana ni la Revolución cubana ni nada.

Y termino recordando que un gran autor, también de Trinidad, que por cierto fue maestro de Eric Williams —como Aimé Césaire fue maestro de Édouard Glissant y de Frantz Fanon—, C.L.R. James, había publicado en 1938 un libro fundamental, que se llama Los jacobinos negros. Él entendía que Toussaint Louverture era un jacobino negro que tomó en serio lo que los jacobinos franceses habían dicho y lo que Napoleón iba a traicionar; tomó en serio libertad, igualdad y fraternidad, y peleó y murió fiel a esos criterios.

Curiosamente, cuando el libro de James se republicó en EE. UU., en 1963, le añadió un epílogo, y ese epílogo estoy seguro de que dio la idea a Bosch y a Williams del título de sus libros, porque el epílogo se llama «De Toussaint Louverture a Fidel Castro» [2]; es decir, es James el primero que muestra orgánicamente esa unidad del Caribe que en lo más antiguo se remite a la llegada de Colón, cuya importancia no se puede negar aunque no es dable regalarle que sea un descubrimiento; y en lo revolucionario, en lo germinativo, en lo que el Caribe tiene de actor y no simplemente de testigo o de criatura que padece, comienza con la Revolución de Saint-Domingue y llega hasta nuestros días.

Tenemos, por tanto, el deber moral, el deber histórico, el deber elemental de reconocer la inmensa trascendencia de la Revolución de Saint-Domingue y de la independencia de Haití que vamos a celebrar jubilosamente el próximo primero de enero, el mismo día en que vamos a celebrar un aniversario de la Revolución cubana. ¡Qué hecho tan curioso! El primero de enero de 1804 y el primero de enero de 1959 se inauguran dos independencias esenciales.

Esto es lo que quería decirles como forma de demostrar por qué tenemos tal simpatía, tal gratitud y tal deuda con el pueblo fundador de Haití.

--------------------------------

Versión de la conferencia magistral pronunciada en la Sala Che Guevara de la Casa de las Américas el viernes 26 de septiembre de 2003, al constituirse, en acto oficial, la Comisión Nacional —presidida el Dr. Armando Hart— encargada de organizar el programa de celebraciones para conmemorar la Independencia de Haití en su Bicentenario.

Notas:

1. Hay ediciones cubanas de varias de estas obras ya clásicas, a saber: Aimé Césaire: Toussaint Louverture. La Revolución Francesa y el problema colonial. Prefacio de Charles André Julien. La Habana, Instituto del Libro, 1967. Juan Bosch: De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial. La Habana, Casa de las Américas, 1981. Ramiro Guerra: Azúcar y población en las Antillas. Pról. de Manuel Moreno Fraginals. Cuarta edición. La Habana, Ciencias Sociales, 1970. Ramiro Guerra: La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos, La Habana, Consejo Nacional de Universidades, 1964. Eric Williams:Capitalismo y esclavitud. Tr. de Daniel Rey Díaz y Francisco Ángel Gómez. La Habana, Ciencias Sociales, 1975.

2. El epílogo, traducido por Adelaida de Juan y por mí al español, se publicó casi completo en Casa de las Américas, No. 91, julio-agosto de 1975.

Tomado de La Ventana

02 febrero 2007

Dolores Aleixandre - La Herencia de las Matriarcas

MUJERES CON ESPÍRITU EN EL TERCER MILENIO

LA HERENCIA DE LAS MATRIARCAS

Dolores Aleixandre RSCJ

Como punto de partida, os propongo un viaje interior que nos traslade a la cueva de Makpelá, la propiedad que compró Abraham por 400 siclos de plata a de Efrón el hitita para enterrar a Sara, su mujer (Gn 23). También están enterradas allí Rebeca y Lía, no Raquel que murió cerca de Efrata, hoy Belén, y yace bajo una estela que señala el lugar de su sepultura ( Gen 35,19). Estamos sentadas a la sombra de las encinas que rodean la cueva y nos disponemos a abrir juntas el legado que nos han dejado aquellas cuatro mujeres que edificaron la casa de Israel. Les dejamos la palabra.

La herencia de Sara

Me alegra reunirme con vosotras en este lugar cargado de memoria e intuyo que lo primero que esperáis heredar de mí es la risa y por supuesto que os la dejo, aunque quiero también explicaros sus ventajas y sus límites.

Cuando me asomé con curiosidad a la entrada de mi tienda en Mambré y escuché que iba a tener un hijo, me eché a reír pensando para mis adentros: «Estando ya gastada ¿voy a sentir placer con un marido tan viejo?” (Gn 18,12). Era mi manera de posicionarme ante la esterilidad que había llenado mi vida de amargura y como la sabía ya sin remedio, me reí con incredulidad y escepticismo. A lo largo de mi vida muchas curanderas me habían recetado bebedizos y pócimas milagrosas asegurándome la fecundidad, pero nada había sido eficaz para remediar mi esterilidad. Conocía ya los límites de mi vejez y de la de Abraham y sabía que todo estaba perdido. Preferí reírme a lamentarme y mi risa procedía de una lucidez despierta y consciente.

Cuando os veo a vosotras, mujeres del tercer milenio, pienso que no os viene mal heredar algo de lucidez de mi risa: estáis atravesando una transición importante, un cambio real de época en medio de tensiones dramáticas y es importante que seáis conscientes de ello. Sois la primera generación de una civilización planetaria pero dividida entre quienes comen y quienes son comidos y esa realidad injusta exige ser asumida como primer dato de verdad. Por eso el primer reto que está ante vosotras es el de quitaros la venda de los ojos y tener la «audacia de saber”.[1]

Para seros sincera, os diré que no me extraña que el desánimo y el escepticismo se apoderen a veces de vosotras. Y más cuando, en medio de ese contexto generalizado de injusticia, la realidad eclesial no contribuye mucho a levantar el ánimo. Hago mío el poema de uno de vuestros teólogos:

Es un sin sentido, dice la razón,

que en la Iglesia sólo varones solteros

puedan ser ordenados.

Los argumentos teológicos cojean de lo lindo.

Es una desgracia, dice el cálculo,

que el movimiento reformador del último Concilio

se esté frenando

y así se dificulte innecesariamente

el caminar de la Iglesia en este tercer milenio.

Es un dolor, dice el miedo,

pues parece que la Iglesia en los países del Norte está perdiendo

su juventud y su futuro.

Es una ilusión, dice el juicio,

que los hombres un día se pronuncien de lleno

por el Sermón de la Montaña

y hagan así que la tierra venga a ser la parábola

del Reino de Dios

Es ridículo, dice el pundonor,

que más de dos mil quinientas Iglesias locales

dejen que una central romana las trate como niñas

y no insistan con más coraje

en el derecho teológicamente fundado

de una variedad en la unidad

y en que a esa unidad y variedad

se les dé una forma estructural

Es una ligereza, dice la precaución,

que hoy en la Iglesia cada una de las Iglesias locales

quiera hacer y deshacer a su antojo;

que tengamos un pluralismo casi desorbitado

de teologías, creencias, éticas

y usos litúrgicos.

¡Qué poco falta para que se rompa la unidad católica!

Es imposible, dice la experiencia,

que las ricas Iglesias de occidente

se conviertan libremente a la pobreza del Evangelio

y movidas por la amistad y la simpatía

para con las Iglesias pobres del Sur

hagan también suyo el estilo de vida

de las Bienaventuranzas[2]

Tengo que decir que el poema no está completo y que va repitiendo una y otra vez: Es lo que es, dice el amor . Y yo me uno también ahora a esa confesión esperanzado aunque reconozco que hubo un tiempo en que vivía refugiada en la convicción de que ante mi esterilidad “nada se podía hacer” y no supe llegar directamente a ese amor. Pero el Santo, bendito sea, me visitó y su pregunta cuestionó mi amarga impotencia y mi resignación ante lo inevitable: ¿Por qué se ha reído Sara?¿Acaso hay algo imposible para Dios?

Esa fue la pregunta inquietante que atravesó mi alma aquella tarde calurosa en el encinar de Mambré. Tuve miedo, no porque me sintiera amenazada, sino porque sabía que aquellas palabras me empujaban fuera de mi incredulidad y de mi desánimo, me sacaban del horizonte estrecho de mis propios límites y me invitaban a adentrarme en una tierra para mí desconocida: la de una fe y una esperanza a las que no estaba acostumbrada.

Cuenta un midrash que Abraham, mi esposo, le dijo al Señor: “He visto escrito en las estrellas que no tendré hijos”. Pero el Señor le dijo: “Sal de tu horóscopo, Abraham, sitúate por encima de los cielos y por encima del sol...” [3]

Sentí que esas palabras también estaban dirigidas a mí: - Sal de la tierra de tu escepticismo y de tu desánimo, Sara, ve más allá de las constataciones de tu lucidez, recuerda que allí donde terminan tus posibilidades, empiezan las de Dios.

Por eso os dejo en herencia esa llamada apremiante a explorar qué significa para vosotras hoy esa afirmación de que "no hay nada imposible para Dios" . ¿No será la convocatoria a vivir una esperan­za absoluta[4]? ¿No será frecuentar los lugares en los que arraiga? García Roca llama a esos lugares "las experiencias humanas de muerte en medio de vida, de abandono en medio de la abundancia, de soledad en medio de la comunicación, de pobreza en medio de la prosperidad, de las penalidades en medio de la buena suerte. Esas situaciones límite que irrumpen en lo cotidiano las que rompen inercias, despiertan todo aquello que está dormido y generan discursos y prácticas esperanzadas. En ellas se nos muestra aquello que necesita ser recreado desde las víctimas, la necesidad imperiosa de confiar en alguien y de esperar algo. El tejido de la esperanza se construye con materiales elaborados desde el sufrimiento de las víctimas y tiene un alcance universal ya que, si ellas han podido y sabido esperar, todos podemos hacerlo. Si la esperanza se nos ha dado para intentar caminar, es a los caminantes y no a los instalados a donde hay que dirigir la mirada para preguntar cómo esperan y cómo desesperan, en quién confían y a quién temen" [5].

Y junto a esa herencia de esperanza, os dejo también el tesoro de un nombre para Dios que Él mismo quiso revelarme, no con palabras, sino a través de la realidad misma de mi vida. Y permitidme que os diga que estoy orgullosa de haber sido la primera teóloga (debería ser vuestra presidenta honorífica y perpetua...) cuando dije al nacer Isaac: Dios me ha hecho reír y los que lo oigan reirán conmigo (Gen 21,6)

Al pensar así de Dios, estaba reconociendo que, finalmente, había sido Él quien había reído el último y con ello estaba poniendo, sin saberlo, los fundamentos para una teología de la esperanza.

Con la debida modestia tengo que añadir que Kart Rahner ha necesitado muchas más palabras, y en alemán, para decir lo mismo:

“Desde el centro del mundo, en el que Él se adentró al morir, construyen las nuevas fuerzas una tierra transfigurada. En lo más profundo, la realidad ya ha sido vencida la banalidad, el pecado y la muerte pero se requiere todavía el pequeño tiempo que llamamos la historia después de Cristo hasta que en todas partes, y no solo en su cuerpo, se deje ver lo que ya ha acontecido realmente. Porque Él no comenzó a salvar, a curar, a transfigurar el mundo en los síntomas de la superficie sino en las raíces más internas, nosotros, gentes de la superficie, pensamos que no ha pasado nada. Porque aún siguen corriendo las aguas del sufrimiento y de la culpa suponemos que aún no ha sido vencido el manantial del que brotan. Porque la maldad sigue trazando arrugas en el rostro de la tierra, deducimos que en el corazón más profundo de la realidad ha muerto el amor. Pero todo es apariencia, aunque la tomemos por la realidad de la vida. Resucitado, está en el esfuerzo anónimo de todas las criaturas que, sin saberlo, se esfuerzan por participar en la glorificación de su cuerpo. Está en cada lágrima y en cada muerte como el júbilo y la vida escondidos que vencen cuando parecen morir. Por eso nosotros, hijos de esta tierra, tenemos que amarla. Aunque sea todavía terrible y nos torture con su penuria y su sometimiento a la muerte” (K. Rahner).

Por ese tipo de esperanza rendida y a la vez activa tendréis que transitar si pretendéis ser mujeres con Espíritu en el tercer milenio.

Un último legado que os confío y que tendréis que administrar con audacia y prudencia por lo infrecuente de su presencia en la teología: el recuerdo de que el verbo sa`aq, además de reír, significa también “danzar” y para invitaros a que os adentréis en esa danza, tomo prestadas las palabras de Rumi, aunque a mí me separan de él dos milenios y a vosotras siete siglos:

¡Oh, ven! Eres el ciprés erguido

en el jardín florecido de la ronda vertiginosa.

¡Oh ven, porque no ha habido nunca

ni habrá nadie como tú!

¡Posees miles de estrellas de Venus

en el torbellino giratorio de los cielos!

¡La ronda celestial canta tus alabanzas y su gratitud

con cientos de lenguas elocuentes!

Trataré de traducir una palabra o dos

del lenguaje secreto de la danza cósmica.

Porque cuando entras en la danza

abandonas ambos mundos,

y más allá de estos dos mundos

está el universo infinito de la ronda vertiginosa.

La excelsa bóveda de la séptima esfera

parece inaccesible,

y, sin embargo, mucho más allá de esta bóveda sublime

se levanta la escala de la ronda vertiginosa.

\

Todo lo que existe, es sólo Él,

y hacia allí se dirigen tus pasos de baile.

El torbellino de la ronda, ya ves, te pertenece,

y tú perteneces al torbellino de la ronda.

¿Qué puedo hacer cuando el Amor aparece

y clava su garra alrededor de mi cuello?

¡La tomo, y la coloco sobre mi pecho,

y la arrastro hacia la danza!

Y cuando el pecho de los átomos

relumbra con el resplandor del sol,

todos entran en la danza, la danza,

y no se quejan de su ronda vertiginosa[6].

Os deseo de todo corazón que seáis mujeres arrastradas por el torbellino de la danza de Dios.

La herencia de Rebeca

Quizá os sorprenda escuchar que la herencia más valiosa que pretendo dejaros es mi familiaridad con el Señor, mi costumbre de acudir a Él también en aquel momento critico de mi vida en que me quedé embarazada y los gemelos que llevaba en mi vientre se agitaban violentamente dentro de mí. En estas condiciones ¿vale la pena vivir?” pensé (Gn 25,22). Y me fui en busca del Dios que empezaba a conocer en el clan de mi esposo Isaac. Aún no sabía mucho de él porque yo venía de adorar a los dioses de Aram Naharayim, pero acudí al que llamaban El Sadday llena de confianza y segura de que iba a prestarme atención y darme una respuesta.

Y mi legado para vosotras es el de frecuentar el trato con el Señor sin perder nunca el contacto con él. Haced de la búsqueda constante de su Rostro y su Palabra vuestra actividad más habitual y cotidiana para que se os va haciendo connatural esa referencia constante y esa afinidad con Él, de tal manera que sean sus criterios y preferencias los que configuren vuestra mentalidad.

No os olvidéis de acudir a consultarle en aquellos momentos de vuestra vida en los que estéis perplejas o desoladas pero estad también dispuestas que sus pensamientos y sus caminos no coincidan con los vuestros. Recuerdo bien lo que me contó Eleazar, el siervo que envió Abraham a buscar esposa para Isaac: mientras yo sacaba agua del pozo para dar de beber a sus camellos, él me contemplaba en silencio, atento a que le Señor le diera un signo de si era yo la mujer elegida (Gen 24,21). Es a esa actitud vital a la que os invito: a vivir despiertas y atentas, contemplando silenciosamente la realidad para encontrar en ella las señales de Dios y acertar con ellas.

Y el "guiño" que recibí del Señor cuando acudí a Él, fue esta palabra escuchada en lo hondo de mi corazón: Dos naciones hay en tu seno, dos pueblos se separan en tus entrañas; uno será más fuerte que el otro y el mayor servirá al menor (Gn 25, 22-23).

Aquella revelación me dejó desconcertada: ¿Qué Dios era aquél que ponía al menor por encima del mayor y al importante por debajo del insignificante? Decidí dar acogida a aquella extraña elección y por eso se me inclinó el corazón hacia Jacob, el que nació el último agarrado al talón de su hermano, mientras que Isaac prefería a Esaú (Gn 25, 22-23. 28). Me di cuenta de que coincidir con El Sadday era más importante que seguir los criterios de mi clan, el mismo de todos los pueblos que nos rodeaban. Por eso tejí la trama que llevó a Jacob a apoderarse de la bendición reservada al primogénito: fue mi manera de coincidir con las preferencias de Dios, aunque era consciente de los peligros que implicaba. Siempre fui una mujer decidida y luchadora a quien no asustaron los conflictos con tal de conseguir lo que quería y que no me dejé encerrar en los estereotipos y "lugares normativos" que pretendían asignarme por ser mujer. Los que a lo largo de la historia han hablado de mí, han ponderado siempre la servicialidad ejemplar con que di de beber a los diez camellos de Eleazar (os hago notar que cada camello puede beber de un solo buche unos 24 litros, así que imaginaos el número de veces que tuve que bajar a la fuente a llenar mi cántaro...). En cambio no suelen resaltar lo arriesgado de mis decisiones: cuando mi hijo Jacob se resistía a presentarse ante Isaac simulando ser Esaú, le dije: Yo cargo con la maldición, hijo mío. Tú obedéceme y haz lo que te digo (Gn 27,13).

Algo de esa capacidad mía de decisión quisiera transmitiros, junto con la valentía de correr riesgos con tal haceros afines con las preferencias de Dios y que se os vayan inclinando el corazón y la vida, cada vez más espontáneamente, a los que tienen todos los poderes en contra y que son la niña de los ojos de Dios.

Os dejo también algo de mi arte de tejer tramas y pequeñas redes por las que puedan acceder a la bendición aquellos que parecen estar excluidos de ella. Vosotras vivís ahora en tiempos de redes (¡las que hubiera creado yo de haber vivido en el tercer milenio!) así que podéis haceros expertas en ese arte y emplear toda vuestra creatividad y energía en crearlas, apoyándoos unas a otras. Y si vuestra atención está dirigida fuera de vosotras mismas, os libraréis de ese ensimismamiento competitivo y aséptico que tanto amenaza a la teología.

Quizá os parezcan acciones insignificantes que, como reconoce Eduardo Galeano, "no acaban con la pobreza, no sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción ni expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable” .

La herencia de Lía

De entre las cuatro matriarcas, soy yo, Lía, la que menos interés y simpatías despierta, como si mi nombre continuara marcado por el desamor de Jacob mi esposo que siempre prefirió a Raquel. Nunca le sentí atraído hacia mí, quizá porque mis ojos eran lánguidos y no chispeantes como los de mi hermana. Pero nunca me dejé vencer ni abatir por no conseguir su amor, sino que luché incansablemente por encontrar una salida que no me encerrara en la amargura ni el desánimo y debió ser por mi negativa a hundirme en el fracaso o porque, como afirma Martin Buber, “éxito no es ninguno de los nombres de Dios”. Sea por lo que sea, la realidad es que Él me hizo fecunda y ese fue mi gran triunfo: di a luz seis hijos y una hija y otros dos nacieron de mi esclava Zilpá.

No os echéis a temblar pensando que voy a dejaros como herencia el engendrar una prole numerosa: me inclino a pensar que no estáis especialmente interesadas en ello, algunas por su opción celibataria y otras por causas que no soy quién para juzgar... Lo que quiero entregaros como un legado precioso es la sabiduría de gestionar el fracaso y el éxito, esas realidades humanas que revelan lo mejor y lo peor de cada hombre o mujer. Frente a las voces que vinculan éxito con riqueza, eficacia, honor y poder, y fracaso con lo contrario, lo que yo os propongo es un camino alternativo: el que relaciona vida lograda con agradecimiento y con amor recibido y entregado, llamando sólo fracaso a la soledad y al egoísmo, y no a la falta de resultados obtenidos.

No conseguí el amor preferencial de Jacob pero el desamor no me derrotó y mi manera de lograr la victoria fue dejar que el Señor me otorgara la fecundidad y que mi éxito no me llevara a apropiarme del don recibido, sino que se convirtiera en agradecimiento y alabanza dirigidos a Aquel que es la fuente de toda bendición. En cada uno de mis hijos reconocí un regalo especial de Dios y quise que en sus nombres apareciera esa referencia que nos vinculaba a mí y a ellos con el Señor: con Rubén confesé: Dios ha escuchado mi aflicción; con Simeón proclamé: “Me ha oído el Señor"; en el nombre de Judá estaba la marca de mi acción de gracias y en el de Dan la de la justicia de Dios; a Zabulón lo llamé así para que todos supieran el regalo que me había hecho Dios y con Isacar reconocí que Él me recompensaba con creces (Gen 29, 6.20.23.32) . Tenéis derecho a preguntarme por qué no me alegré tanto con el nacimiento de Dina, mi única hija: por aquel entonces yo no sabía nada de teología feminista; de otro modo me hubiera comportado de haber leído vuestras obras o escuchado vuestras conferencias...

De todas maneras me reafirmo en mi decisión de desearos de todo corazón la resistencia ante los fracasos y que, cuando consigáis logros y triunfos, no los retengáis con avidez buscando haceros un nombre, sino que lo mismo que Myriam, o Débora o Judit, todo eso se convierta en canción y un himno a la gloriosa generosidad de nuestro Dios.

La herencia de Raquel

Mi nombre en hebreo significa "cordera" pero mi vida no ha sido nunca reflejo de la mansedumbre y la inocencia que mi nombre parece evocar. Siempre fui rebelde e insatisfecha y ni siquiera el amor incondicional que me demostró Jacob me bastó para acallar y sosegar mis deseos.

La esterilidad me confinaba en la muerte y en la desolación y me sellaba con el signo del castigo de Dios (cf.Gen 20,18), imposibilitándome para ser digna compañera de mi marido. Por eso le exigí un día con angustia: “¡Dame hijos o me muero!”, pero sólo obtuve una respuesta irritada remitiéndome a quien es el origen de toda fecundidad: “¿Hago yo las veces de Dios para negarte el fruto del vientre?” (Gen 30,1-2).

Cuando por fin me quedé embarazada y parí el hijo que me liberó de mi vergüenza, lo llamé José que significa: “que el Señor me añada (otro hijo)”. Así que el pequeño José creció con la conciencia de ser un portador de esperanza y a la vez con la sensación de estar incompleto, de “no ser bastante” . No todo era negativo en mi insatisfacción: expresaba también mi negativa existencial a conformarme, a instalarme, a dejar de desear algo más. Mi mayor empeño fue el de generar vida a costa de lo que fuera y eso me mantuvo siempre expectante y en marcha, desvelada y al acecho, domiciliada en lo penúltimo. Es esta la insatisfacción que os dejo en herencia, el deseo continuo, insaciable e incontenible que impide dejar de buscar, de preguntar, de querer ir siempre más allá, sin contentarse nunca con lo ya sabido, aprendido o conseguido.

Y para que no me encerréis solamente en la insatisfacción, recordad aquella escena de mi travesura robando los idolillos a Labán, mi padre. Ibamos de huida y necesitaba decirle sin palabras cuánto despreciaba aquellas figurillas a las que él atribuía poderes mágicos y que eran para mí, que ya conocía al verdadero Dios, símbolos de abominación, dioses que tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen... Así que se los quité y como sabía que él vendría a buscarlos a mi tienda, los coloqué sobre la montura de mi camello y me senté encima. –No se enfade mi señor si no puedo levantarme; es que me ha venido la cosa de las mujeres(Gen 31,32). Aún me río al recordarlo y me alegro de haber encontrado a través del humor un modo de mostrar mi desprecio a todo lo que pretenda rivalizar con el Dios vivo. Os hago entrega, por tanto, de un humor que os ayude a restablecer las auténticas dimensiones de lo humano y de sus problemas y a conceder a cada cosa la importancia que se merece. Servíos del humor para llevar vuestra razón un poco más allá de lo razonable y para percibir lo débil y poco nítida que es la línea convencional que separa el discurso serio del que no lo es.

El humor es un hermano menor de la fe y lambos ofrecen siempre un modo alternativo de reaccionar ante las incongruencias de la existencia: el humor se ocupa de las incongruencias inmediatas de la vida y la fe de las incongruencias últimas, pero ambos son expresiones de la libertad del espíritu humano, de la capacidad para tomar distancia de la vida y de uno mismo y de afirmar de manera rotunda que la existencia tiene sentido.

Dejad que la fe y el humor os lleven de la mano a la tierra de lo inimaginado y lo increíble, que os adentren en un mundo regido por una leyes distintas, libres de todos los pesos que os abruman, con el atrevimiento de afirmar gozosamente la vida[7].

Aún pongo en vuestras manos otro legado más que es mi compasión, porque es ella la que me ha hecho permanecer viva en la memoria de mi pueblo desde que Jeremías profetizó:

En Ramá se escuchan gemidos, llanto amargo:

es Raquel que llora inconsolable por sus hijos,

porque no viven.

Por eso, así dice el Señor:

Reprime tu voz del lloro y tus ojos del llanto,

porque hay paga para tu trabajo

- oráculo del Señor-,

volverán los hijos a su territorio. (Jer 31,15-17)

Para los sabios de Israel, desde mi sepultura en el camino de Belén, lloro aún a mis hijos que van camino del exilio y nuestros sabios afirman que, cuando llegue Aquel cuyo nombre es Menahem, Consolador, lo primero que hará será visitar mi tumba porque yo nunca aceptaría consolación más que del Mesías mismo. Y cuando reciba sus consuelos, me levantaré y le abrazaré y la luz inundará entonces el mundo, empezando por Jericó. [8]

¿Estáis dispuestas a haceros cargo de esta herencia de mi compasión? No tengáis miedo, lo vuestro no es conquistarla sino recibirla, ni la conseguiréis a base de esfuerzos: es Dios mismo quien puede alcanzaros con su compasión. Si confiáis en vuestros propios recursos limitados, el sufrimiento os asustará e intentaréis evitar las situaciones dolorosas. Pero si consentís en ser partícipes de la compasión del Mesías, podréis descender con él hasta los infiernos del mundo y uniros a su tarea de consolar.

Sed mujeres compasivas y apasionadas, porque un corazón sin pasión renuncia a sufrir y a vivir en plenitud. Como ha dicho recientemente una de vosotras, tomad la decisión consciente de prestar atención a la realidad, de deteneros ante las personas y las situaciones para atenderlas con esmero, pero también para dejaros captar y afectar por ellas, más aún, para dejaros transformar.

Y recordad que la mirada compasiva es una “compasión simétrica”, porque la relación de amor y de interés efectivo ha de darse entre iguales y eso genera un movimiento de ida y vuelta, de dar y recibir.[9]

Os invito a pasear la compasión por vuestros ojos (qué leéis, a qué fuentes de información acudís, en qué tipo de personas os fijáis, qué lecturas preferís...); por vuestros oídos (qué voces, opiniones y juicios tienen más influencia en vosotras, de qué medio social proceden, desde qué experiencia hablan...); vuestros pies (qué lugares frecuentan, a quiénes visitan, dónde se detienen, de dónde escapan...); vuestras manos (para quiénes trabajan, a quiénes sirven, con qué situaciones contactan...); vuestro corazón (hacia quiénes se inclina, por quiénes se conmueve, por qué causas se apasiona...)Y, al acabar el recorrido, reconoced esos rostros y esos lugares como privilegiados para entrar en comunión con el Compasivo y "tener parte con Él" (Cf.Jn 13,8).

Pero fue al final de mi vida cuando supe hasta dónde iba a tener que llegar en esa comunión: mientras íbamos de camino, sentí los dolores del parto de mi segundo hijo e intuí oscuramente que mi propia vida estaba amenazada y que iba a hacerse realidad aquella súplica desgarrada que había hecho a Jacob: ¡Dame hijos o me muero! . Y al presentir que iba a morir a causa de aquella fecundidad que había deseado tanto, sentí que estaba entrando en la nube de un profundo misterio: era precisamente a través de mi muerte por donde iba a abrirse camino la vida de otro, e iba a ser mi desapropiación la que haría posible su alumbramiento. Por eso le llamé Ben Oní, "hijo de mi aflicción", para expresar mi consentimiento a que su existencia pasara por delante de mi dolor. Jacob no supo entenderlo y se apresuró a llamarle Ben Yamin, "hijo de mi diestra, es decir, de mi fortuna". Quizá estábamos diciendo lo mismo y los dos anticipábamos esa Pascua que sólo se haría luminosa en la persona del Mesías (Gen 35,16-20)[10].

Aquí tenéis, por tanto, la herencia de cuatro mujeres que os precedimos: ponemos en vuestras manos la risa, la esperanza, la danza, la afinidad con Dios, la decisión, el arte de tejer tramas, la sabiduría de encajar fracasos y éxitos, la insatisfacción, el humor y la compasión.

Es una hermosa Torah femenina, promulgada no desde la altura del Sinaí, sino desde las entrañas de la tierra de esta cueva de Makpelá y de la tumba de Raquel en Efratá, por donde nuestros hijos y los vuestros siguen pasando condenados al destierro.

Os invitamos a echar a andar por los caminos del tercer milenio llevadas por las dos alas de esa Torah que es la riqueza de vuestra herencia.

Que os acompañe el ánimo que comunica el Espíritu del Viviente y que os sirvan de guía nuestras propias huellas.

Las huellas de cuatro mujeres que recorrimos esos caminos antes que vosotras.



[1] Jose Luis Segovia, “Justicia y exclusión social: Perspectiva desde las víctimas” Nómadas 5: Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas

[2] Medard Kehl SJ, ¿Adónde va la Iglesia? Un diagnóstico de nuestro tiempo. Sal Terrae, Santander 1997, p.17

[3] Josy Eisenberg, Benno Gross, “Un Messie nommé Joseph, Paris 1983, 88

[4] Miguel García Baró recuerda un mito judío que los sabios de Israel llaman héster panim, el oscurecimiento del Rostro de bendición; pero este eclipse de la luz tiene un significado providencial: es la manera en que conviene a la histo­ria ahora que Dios la visite, y lo esencial es no desatender la visitación divina en el momento casi secreto, sutilísimo en el que se produce. La reacción creyente sólo puede ser de máxima atención a lo que sucede, de máxima sinceridad respecto de las señales históricas, porque esto es sólo una parte irrenunciable de la fi­delidad a Dios mismo. No tomar en vano ahora mismo el nombre de Dios signi­fica explorar lo que significa la esperanza absoluta. En situaciones en las que la esperanza parece haber huido, lo normal es que la lucidez desemboque en falta de espe­ranza y para eso no hay otro camino que la que ha habido y ha­brá siempre: reconocer profundamente en qué grado se es hijo del propio tiempo y establecer, como en el otro extremo del arco de la existencia, la autenticidad de lo que significa una vida ante Dios, para permanecer en adelante en el trabajo de esa tensión.(“El silencio sobre Dios en la cultura actual”: Corintios XIII nº 116, Octubre-Diciembre 2005 pp 113-132)

[5] Cf. J.García Roca-Aranival Said Rovira, Paisaje después de la catástrofe. Códigos de la esperanza, Santander 2004, p.54

[6] Mawlana Rumi. Citado por Luce López Baralt-Lorenzo Piera, El sol a medianoche. La experiencia mística: tradición y actualidad, Madrid 1996, 225-226

[7] Cf. R. Niebuhr, Discerning the Signs of the Times, NY Scribner 1946, III y ss. Citado por P.Berger, Risa redentora,. La dimensión cómica de la experiencia humana, Barcelona 1999; Cf. H. Rahner, El hombre lúdico, Valencia 2002

[8]Zohar, Trad C.Mopsik, Lagrasse, Verdier 1981, p.127

[9] Elisa Estévez, "La mirada compasiva como elemento de cohesión social. Un punto de vista teológico" ?????

[10] Cf.Bruna Costacurta, La vita minacciata. Il tema de la paura nella Bibbia Ebraica, Roma 1988 pp. 162-167