UN FUEGO ENCIENDE OTRO:
LAS CRISIS Y EL LIDERAZGO DE LOS SANTOS Y LAS SANTAS
Elisabeth A. Johnson
Un fuego enciende otro. La aplicación de este viejo proverbio a las crisis actuales dentro de la Iglesia pone de manifiesto que quienes luchan hoy por la reforma pueden encontrar “sabiduría para ver” y “valentía para obrar” en el recuerdo imponente de mujeres y hombres de edades pretéritas que ejercieron el liderazgo de manera creativa en tiempos difíciles. Podemos descubrir cómo esos antepasados afrontaron las crisis sinceramente, en lugar de intentar hacer caso omiso de ellas o taparlas; cómo respondieron con empresas concretas, adecuadas a su contexto social, y no con soluciones abstractas; y cómo sus iniciativas, aunque no alcanzaran un éxito cuantitativo, tuvieron transcendencia cualitativa. Aprendiendo con eficacia de sus vidas podremos apreciar a esas mujeres y hombres como compañeros en la memoria y la esperanza.
En nuestros días, sin embargo, hay un problema fundamental que obstaculiza estas “lecciones de aliento”. Dicho problema no es tan corriente en culturas donde se honra a los antepasados o donde la veneración de los santos continúa en una tradición viva. Pero donde quiera que ha echado raíces la sociedad industrial hay poderosas fuerzas culturales que trabajan para cortar toda conexión relevante con el pasado. En tales situaciones, las historias de santos y santas de generaciones pretéritas se han convertido en narraciones de una fuerza cada vez más débil, especialmente entre los jóvenes. Al contrario que en la famosa canción de jazz africano-estadounidense “Cuando los santos avanzan”, en este contexto los santos se están marchando de la práctica cotidiana de la fe cristiana. Así, aunque ciertamente es esclarecedor, e incluso subversivo, utilizar la historia, la sociología y la psicología para delinear los métodos de quienes ejercieron el liderazgo en tiempos de crisis pasadas, no basta. Necesitamos además que la teología establezca, para empezar, que nuestra conexión con esas personas tiene valor actual. Para alcanzar este objetivo, el presente ensayo propone tres pasos.
Una comunidad de amigos de Dios y profetas
El primer paso es reconsiderar el significado de la comunión de los santos, que según la manera en que se ha entendido tradicionalmente es la unión de todos los bautizados. Agraciada por el Espíritu Santo, esta comunidad abrca hoy en día el planeta entero, por encima de fronteras de lengua, cultura, raza, género, clase, orientación sexual y de todas las demás diferencias humanas. Además se extiende hacia atrás y hacia delante en el tiempo hasta incluir a quienes han muerto y están vivos en Dios (no solo los canonizados). Esta comunidad, que constituye una realidad muy incluyente, se puede describir con un vocabulario nuevo. El libro bíblico de la Sabiduría expone la obra del Espíritu de Diosa diciendo:
“Aunque es una, lo puede todo,
sin salir de sí, todo lo renueva,
y, entrando en cada época en las almas santas,
hace amigos de Dios y profetas” (Sab 7, 27)
Para empezar, la Iglesia, la comunión de los santos, es un colectivo de amigos de Dios y profetas. Afortunadamente, las bendiciones de Dios no están limitadas a la Iglesia.
¿Cómo se relacionan los vivos y los muertos en esta comunidad? Caben dos posibilidades. En una, el tradicional modelo de patronazgo, los santos están entre nosotros y Dios, ofreciéndonos ayuda. Se representa a Dios como un poderoso monarca que gobierna con magnificencia, rodeado por multitudes de cortesanos. Dado lo lejos que estamos del distante trono, la gente ordinaria necesitamos a los santos como intercesores que aboguen en nuestro favor y nos obtengan beneficios espirituales y materiales. Tenemos amigos influyentes, por decirlo así. Esta relación patrón-cliente no se encuentra ni en el Nuevo Testamento ni en los primeros siglos cristinos. Surgió en el tardío Imperio romano una vez que la Iglesia quedó establecida oficialmente y adoptó el sistema de patronazgo civil.
Existe una modalidad más antigua de relación, a saber, el modelo del compañerismo. En lugar de estar entre nosotros y Dios, los que han muerto están junto a nosotros en la misma comunidad llena del Espíritu. Quizá el mejor ejemplo se encuentre dentro del Nuevo Testamento, en la carta a los Hebreos. En ella, una lista extraordinaria de antepasados judíos culmina con este llamamiento: “Pro tanto, también nosotros, ya que estamos rodeados de tal nube de testigos, liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asedia, y corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, el pionero y perfeccionador de nuestra fe…” (Heb 12, 1-2). Los especialistas bíblicos señalan que la imagen de fondo de este texto es la de un estadio abarrotado de gente. Arriba en los graderíos, los que en otro tiempo corrieron la carrera están ahora animando a los que en otro tiempo corrieron la carrera están ahora animando a los que están abajo en la pista. Las luchas y victorias de la “nube de testigos” alientan a quienes todavía están corriendo, despertando la esperanza de que también ellos pueden correr bien.
En la época de los mártires, esta relación mutua, colegial, entre muertos y vivos recibió una expresión fuerte. El Martirio de Policarpo la expresa con mucha precisión: “Porque a éste (Cristo) le adoramos como al Hijo de Dios. Pero a los mártires los amamos como a discípulos e imitadores del Señor, y con razón, dado su afecto incomparable por su rey y maestro. Que también nosotros lleguemos a ser sus camaradas y condiscípulos”. Los sermones de San Agustín están llenos de esta intuición relativa al compañerismo. En la predicación de la fiesta de las jóvenes mártires Perpetua y Felicidad, dice: “Que no nos parezca poca cosa el hecho de ser miembros del mismo cuerpo que ellas…. Nosotros nos maravillamos de ellas, ellas tienen compasión de nosotros. Sin embargo, todos servimos a un solo Señor, seguimos a un solo maestro, atendemos a un solo rey. Todos estamos unidos a una sola cabeza, viajamos a la misma Jerusalén, vamos tras el único amor, abrazamos la misma unidad”. En efecto, continúa el santo, la gente de edades pretéritas no tenía ni idea de que un día nosotros estaríamos aquí en este lugar, en una Iglesia futura, alabando a Dios: “todavía eran incapaces de verlo; pero ya estaban construyéndolo desde sus propias vidas”. La aventura de la fe de esas personas abre un camino para nosotros, y en este momento vamos por delante de otros en un río continuo de compañeros que buscan a Dios.
A diferencia de la relación entre el patrón poderoso y el cliente necesitado, el compañerismo asocia a vivos y muertos en un círculo de mutua afirmación. Más que una mera intercesión, esta modalidad entraña un recuerdo crítico de esa nube de testigos para que sus vidas despierten hay la resistencia y la esperanza en la comunidad.
Como estrellas en la Vía Láctea
El segundo paso es apreciar el don de las figuras paradigmáticas. Dentro de esta gran nube de testigos, diferentes tiempos y lugares ven la aparición de personas concretas que concentran las energías del Espíritu para una comunidad local en sus circunstancias propias y únicas. Estas personas forjan sendas de justicia y de paz, sanación y compasión, creando posibilidades nuevas que otros pueden aprovechar en ese momento. Cuando tales mujeres y hombres son reconocidos por el sentido común espiritual de la comunidad, se convierten en figuras paradigmáticas. Desde el punto de vista teológico no les llevan ninguna ventaja espiritual esencial a los demás miembros de su comunidad, pues todos ellos están llamados a ser amigos de Dios y profetas, lo cual hace que la santidad resulte un fenómeno general y constante en la Iglesia pecadora y el mundo. Pero la confluencia entre las circunstancias históricas y sus dotes e iniciativa únicas y propias les da una función beneficiosa dentro del mundo más amplio. Canonizados o no, sus nombres son recordados como una bendición, como un acto de resistencia, como una llamada a la acción, como un acicate a la fidelidad. En todas las épocas hay personas así, también en la nuestra: “la fuente todavía mana, no se ha secado”.
El proceso por el cual la comunidad reconoce a los líderes destacados pone de manifiesto que éstos son una interpretación social. En su estudio de los santos y el posmodernismo, Edith Wyschogrod utiliza una analogía musical para explicarlo. La captación de la persuasiva presencia de la gracia en otra persona no es algo que se produzca como resultado de una argumentación racional. Más bien guarda afinidad con la valoración de una composición musical. Hay que empezar teniendo alguna noción del tema musical, de su autor, de su relación con otras obras, etc, o no podrá darse el paso a una comprensión profunda. Luego se asiste a la interpretación. “En ese momento algo sucede en el oyente. Cuando el tema se escucha con intensidad, señala a algo más allá de si mismo que conecta con la estructura total de la música: las capacidades rítmicas, armónicas y melódicas de la música, su fuerza emocional y los materiales que la han precedido”.
Lo mismo pasa con la valoración de la dotación espiritual de una persona concreta. Al entender, por confusamente que sea, la vocación evangélica de la Iglesia, la gente se encuentra con la memoria narrativa, el icono artístico o la presencia viva de un líder, dentro del contexto dinámico de una historia continua cargada de sufrimientos y desastres. En el encuentro, algo acontece en los “oyentes”. Éstos reconocen la bondad, sabiduría y justicia divinas refractadas en esa vida llena de vitalidad, real y concreta, de una manera que les resulta irresistiblemente atractiva. Los líderes santos paradigmáticos corrigen o amplían la visión moral de la comunidad, atacando la dureza de corazón y provocando una respuesta comprometida. El proceso de reconocerlos no es irracional, pero sí se produce en un plano de la sensibilidad que no se agota en las explicaciones. Es un discernimiento en el Espíritu. Al apreciar la creatividad de un líder, incluso la del que hace un juicio crítico sobre la habitual indeferencia de la comunidad, ésta se abre a nuevos dinamismos de la gracia.
Estas figuras paradigmáticas son como una Vía Láctea lanzada del cielo a la tierra, como un río resplandeciente de estrellas que trazan espirales a partir del centro de la galaxia, sólo Dios, para iluminar una senda a través de la oscuridad. Son mujeres y hombres que brillan como estrellas con el débil resplandor de la divinidad, mostrando el rostro de Cristo a la comunidad en el tiempo y el espacio en que ésta habita. Destilan los valores fundamentales de la tradición viva de una forma concreta y accesible. La fuerza directa de su ejemplo actúa en la comunidad como un catalizador, impulsando a sus miembros a reconocer que sí, que eso es lo que están llamados a ser y a hacer. Dado que el cristianismo es una manera de vivir, su concreción hace fermentar el entorno moral y lo nutre, volviendo a otros hacia la práctica de la justicia y la compasión por el mundo, es decir, los seres humanos y la tierra. Un fuego enciende otro.
Prácticas concretas de recuerdo y esperanza
El tercer paso es adoptar la principal práctica por la cual florece el modelo del compañerismo. Consiste ésta en una manera disciplinada de recordar que conecta a unas personas con otras a través del tiempo, posibilitando la lucha por la justicia. Hace mucho que los tiranos saben que para reducir a un grupo entero a la servidumbre, manteniéndolo calladamente en cautiverio, deben quitarles a los pueblos la memoria: su herencia, sus antepasados y sus tradiciones. La destrucción de la memoria es una maniobra típica de los gobiernos totalitarios. Sólo está permitida la historia oficial, y ésta cuenta la historia de los que han triunfado, mientras que el relato de los derrotados se reprime. La poetisa Adrienne Rich señala que no es nada nuevo decir que la historia es una versión de los acontecimientos contada por el vencedor: “Hasta los dominadores lo reconocen. Lo que más sentida y pragmáticamente han dicho las gentes de color, las mujeres blancas, las lesbianas y los gays, la gente con raíces en la clase trabajadora industrial o rural, es que sin nuestra historia somos incapaces de imaginar un futuro, porque estamos privados del recurso precioso de saber de dónde venimos: el valor y las vacilaciones, las visiones y las derrotas de quienes nos precedieron”. La identidad personal y comunitaria se forma, en cambio, cuando se reaviva la memoria suprimida. Esto atestigua el hecho de que toda rebelión está alimentada por el poder subversivo de los sufrimientos y libertades recordados. La idea de J. B. Metz de que la memoria crítica es “peligrosa” resulta absolutamente exacta. Una práctica concreta del recuerdo es la letanía. Ésta tuvo su origen en el cristianismo oriental en el siglo IV como una forma de oración de los laicos, más que del clero, y se ha mostrado capaz de infinitas variaciones y de una honda eficacia. En la anual vigilia pascual, la procesión hasta la pila bautismal va acompañada por la tradicional “letanía de los santos”, que ensancha inmensamente a la comunidad que acoge y rodea a quienes están a punto de ser bautizados. Hoy en día, las mujeres crean letanías de líderes femeninas largo tiempo preteridas por la tendencia patriarcal de los círculos oficiales. En los ámbitos interreligiosos se menciona y se afirma mutuamente a miembros destacados de las diferentes comunidades religiosas. En América Latina, en lugar del habitual “Ruega por nosotros”, se ha extendido la costumbre de responder con la afirmación Presente. Éste es un término polivalente que pide que los santos estén presentes, da a entender que están presentes y, fundamentalmente, afirma el poder de la resurrección que hace posible que estén presentes. Es un símbolo impresionante que compromete a la comunidad a honrar su memoria emulando sus vidas.
Un ejemplo….En el aniversario el asesinato del arzobispo de San Salvador, la gente se reunió en una iglesia de la ciudad de Nueva Cork para conmemorarlo. Tras unas lecturas de la Escritura, oyeron textos de algunos de los miembros de la Iglesia asesinados en El Salvador.
De Óscar Romero mismo: “Soy un pastor que con su pueblo ha empezado a aprender una verdad hermosa y difícil: nuestra fe cristiana requiere que nos sumerjamos en este mundo. El rumbo tomado por la Iglesia ha tenido siempre repercusiones políticas. El problema es cómo dirigir esa influencia para que esté de acuerdo con la fe …Mi vida ha sido amenazada muchas veces. Tengo que confesar que como cristiano, no creo en una muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño… Por supuesto, mejor que se den cuenta de que perderán el tiempo… Por supuesto, mejor que se den cuenta de que perderán el tiempo. Morirá un obispo, pero la Iglesia de Dios que es el pueblo nunca perecerá”. De Jean Donovan: “Así, las tropas de paz se han marchado hoy, y mi corazón se ha hundido. El peligro es extremo, y hacen bien en marcharse, pero parece que cuanto más ayuda se necesita, de menos se dispone. En este momento debo evaluar mi propia posición, porque no estoy por el suicidio. Varias veces ha decidido marcharme… y casi lo hubiera conseguido de no ser por los niños, víctimas pobres y golpeadas de la locura adulta. ¿Quién cuidaría de ellos? ¿Qué corazón sería tan firme como para apoyar lo razonable en medio del mar de sus lágrimas y su soledad?. El mío no, querido amigo, el mío no”.
De Ignacio Ellacuría: “Nuestro análisis intelectual encuentra que nuestra realidad histórica, la realidad del Tercer Mundo, se caracteriza fundamentalmente por el predominio efectivo de la injusticia sobre la justicia, de la pobreza sobre la abundancia ….. Nos preguntamos qué hacer al respecto de una manera universitaria. Respondemos primero desde un punto de vista ético: debemos transformarlo, hacer todo cuanto podamos para asegurar que el bien predomine sobre el mal, la verdad sobre la falsedad…. Si una universidad no decide asumir este compromiso, no entendemos la validez que tiene como universidad, menos aún como universidad de inspiración cristiana…. Pero en un mundo donde imperan la falsedad, la injusticia y la opresión, una universidad que luche por la verdad, la justicia y la libertad no puede dejar de ser perseguida”.
Y empezaron la letanía:
Óscar Romero - ¡Presente!
Maura Clarke, Ita Ford, Dorothy Kazel, Jean Donovan - ¡Presentes!
Ignacio Ellacuria, Ignacio Martín Baró, Juan Ramón Moreno, Armando López, Segundo Montes, Joaquín López y López - ¡Presentes!
Elba Ramos y Celina Ramos - ¡Presentes!
Todos los jóvenes catequistas, operarios, trabajadores comunitarios, líderes religiosos de los pueblos asesinados por la justicia de Cristo - ¡Presentes!
En este caso, la práctica de conservar la memoria tuvo una repercusión claramente crítica. Al nombrar a los setenta y cinco mil hombres, mujeres y niños que murieron durante la década de violencia de El Salvador (que fue sostenida con armas y entrenamiento de los EE.UU.) y las voces de quienes velaron por ellos y con ellos, se vio sacudida la autocomplacencia de las personas, en su mayoría privilegiadas, de esa asamblea norteamericana. Éstas se sintieron espoleadas a convertirse y a actuar a favor de la justicia en solidaridad con sus hermanas y hermanos pobres y oprimidos, una situación que todavía hoy continúa en un sinnúmero de lugares.
En los albores de este tercer milenio, el mundo en su conjunto está desgarrado por injusticias de todas clases, por la explotación de los pobres, el racismo y el sexismo, por la terrible hambre y por la tentación de resolverlo todo con la violencia. La Iglesia está atormentada por el escándalo, el conflicto y el fracaso generalizado a la hora de alentar un liderazgo pastoral. La voluntad de Dios todavía no se ha hecho en la tierra como en el cielo, ni en la sociedad ni en la Iglesia. Cultivar el campo de la conexión profunda con mujeres y hombres líderes de tiempos pretéritos permite que la fuerza de sus vidas entre hoy a raudales en la comunidad de amigos de Dios y profetas, para beneficio de todos, muy especialmente de los pobres y marginados.
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